26.7.09

CRÓNICA | A Mesma Negra Estrela

Yo soy sólo entre colillas, soy la ceniza del poema en el que no creo, soy la ceniza del verso y del poema, soy el que vive sin tener ya sentido.

Leopoldo María Panero

ESCRIBIR COMO ESCUPIR

Escribo como escupo

Como si estuviera el cadáver de Dios

hecho tan sólo de saliva

Y Dios es tan sólo una mentira en la ruina

En la ruina perfecta del hombre

En la espuma de la ruina

En la saliva atroz de los días

Que pasan como una interminable cruz

Llena por entero de saliva

Y perdónanos por no saber tu verdadero nombre

Tu verdadero misterio

Tu implacable objetivo de destruir al hombre

Destruir al que no sabe destruir

Y el hombre es tan sólo un destructor

Que destruye al creyente, que destruye al infiel

Y el límite de las horas

El error temporal del escalón

El error de vivir bajo la tarde impune

Y que caiga la ceniza sobre el Hombre

Que destruye al hombre su propia ceniza

Ceniza de sal que me miras

Para que nadie escupa sobre la tarde

Para convertirse en estatua de sal

Para que nadie aviente la ceniza.

Leopoldo María Panero

“Escribir como escupir”



"Un mar de muerte" fotografia de Susana Paiva

Han sido tres días extraños, duros, de soledad, desamparo y donde se han intentado tocar los límites del ser humano, allá donde uno se destroza y no hay Dios que recomponga. Un primer día, el del estreno, espasmódico, de locura y dolor desatado, de parto negro, donde se puso al arte en un lugar sin respiraderos, donde se fue a tomar por culo el teatro, la composición, el ritmo, el símbolo y su puta madre. Un día de dolor expuesto, donde el público sólo podía ser espectador de una persona que se va hueso a hueso. Los asistentes, tras la hora y pico, salían, no sabían dónde meterse porque no sabían quienes eran con respecto a lo que habían visto. Silencio en la nave industrial donde ocurrió “Te haré invencible con mi derrota”, silencio en el autobús en el que se trasladaba al respetable hasta Montemor. Desde ahí, uno tiene que escribir, sin saber quien uno puede ser con respecto a, con el omoplato arrastrado, con la torcedura archiconocida y el semblante melancólico, como siempre, pero con ciertas puertas bien guardadas en casa frente a alguien que se ha asomado con todas las llaves en el bolsillo. En desigualdad. Tres días que parecían no iban a poder ser recorridos y que Liddell ha conseguido traspasar y en cierta manera sobrevivir.
Este trabajo de Liddell, que parece haber estado gestando en neuronas y vísceras durante mucho tiempo, invoca a una de las grandes violonchelistas del siglo XX, Jacqueline du Pré, para compartir con esta muerta la incapacidad de vivir, de subsistir en un mundo donde tanto has deseado y esperado, donde tanto has luchado y te has rebelado –“(…) Porqué nos cargaste de sufrimiento, si no nos diste fuerza para soportarlo (…) Porqué no me quitas la rebelión, hazme sumisa (…)”, dice en un momento Liddell en el espectáculo-; para compartir con Jackie, como llama Liddell a du Pré, un mundo en el que todo se desvanece, se destroza o destrozas, se rompe y duele, desde el cuerpo hasta el anhelo, desde la esperanza hasta el amor.
Jacqueline, gran y dramática intérprete, después de triunfar en todo el mundo y teniendo una vida personal emocionalmente frágil y enrevesada, sufre una enfermedad de esclerosis degenerativa en la que el cuerpo se le rompe. Una enfermedad de un dolor físico insoportable, que la impedía como intérprete y que acabó con su vida. La obra no representa ni cuenta la vida de esta inglesa. Si no que se la invoca, se intenta encontrar un territorio donde Liddell y du Pré se confundan, un territorio de conversación, de encuentro y entendimiento entre dos vidas fracturadas. “Te haré invencible…” está cosida por acciones mecánicas, una serie de más de treinta acciones hilvanadas por pequeños textos y por el ritual de una misa negra, de una invocación necrófila que plantea llevar la actuación más allá de la representación o la encarnación, un ritual que tiene como llave el dolor y la guerra, la soledad y la desesperanza y que une la angustia existencial, la derrota, el dolor físico y el fracaso como ser humano en un cuerpo que quiere ser dos almas en escena.

DIOS, GUERRA, SANGRE Y UNA METAMORFOSIS
El espacio esta dividido en tres. En el centro, cuatro ataúdes-violonchelos, cuatro tumbas impertérritas en los que tan sólo se colocará vidrio y sangre. Además, otro violonchelo profanado, que se cabalga, se hace gemir y se viola con navaja mariposa. A los lados, sendos territorios litúrgicos. El izquierdo con una planta y unos panes dispuestos en el suelo de claro significado simbólico, entre la naturaleza-vida y la comunión. A la derecha, unas figuras de cera –un santo y una mano-, donde la espiritualidad se vuelve ceremonia sagrada y religiosa, Ese es el territorio de esta liturgia necrófila y de hermanamiento dispuesto.
En ese espacio empieza Liddell a imprecar, a pasearse desafiante y violenta, a dar lingotazos a un ron al que nunca dejará de acudir, viola uno de los chelos, le escupe y le llena de ceniza… Y se enfrenta a Dios: “Para ser feliz necesito la respuesta de Dios, necesito pelearme con Dios, necesito los puños de Dios”. Y en ese espacio, nítido, de luz sin color y siempre con relieve y sombra, en ese espacio separado del espectador por más de siete metros, donde el público tiene que intuir, Liddell comienza un aquelarre contenido de sangre, con cuchilla en mano va haciendo sangrar las intersecciones de su cuerpo con los extremos, con los pies, con las manos…. Con unas pequeñas gasas va limpiándose la sangre para luego depositarlas en los ataúdes-violonchelo inmóviles, al vivo sólo saliva y ceniza. El ritual empieza a tomar cuerpo. Con unos imperdibles introducidos en su torso se tapa el pecho con lo que pudiera ser un sudario.
Aquí llega un momento decisivo, el de la metamorfosis. Cabe señalar que durante toda la obra los elementos utilizados, aunque con una significación ritual y extrema, serán siempre y al mismo tiempo muy teatrales. En este caso, la metamorfosis, al grito de “Mi muerte a cambio de tu pelo”, se llevará a cabo a través de una peluca que simula la cabellera larga y rubia de la du Pré. Como si fuera la muerta de “Ringu”, de Hideo Nakata, Liddell va desplazándose por la escena, moribunda y fantasmal, hasta que en el suelo muere para después revivir, se escenifica así el cambio, la transmigración que, aunque sin caer en estupideces paranormales, estará presente de aquí al final. A partir de ahí, todo se confunde, uno no sabe si se está representando el dolor de du Pré o si es la propia Liddelll la que muestra su dolor. Escena de lloro y desplomamiento infinito, donde la actuación uno ya no sabe localizar, donde Liddell grita como Cristo en la Cruz sin padre al que increpar, donde un texto va cayendo como una imploración: “Guárdame te lo suplico”.
Toda esta ceremonia de traspaso y sustantación se cierra de una manera que intenta dar un poco de aire. En voz en off escuchamos una sesión con un espiritista en el que éste le dice a Liddell que ambas, ella y du Pré, tienen y son la misma estrella. El ritual parece acabarse con la qema de la mano de cera y con un gesto en el que los panes, en el espacio opuesto a la mano, se abren. Más de media hora de un ritual oscuro y sin ventanas, de dolor extremo más que escenificado carnalizado en frente del público, el concierto para violonchelo de Elgar ya metido entre ceja y ceja, el espacio cargado… Invocación, ingestión, sangre, éxtasis, muerte, renacimiento y metamorfosis, todos los pasos se han dado. El teatro es simulación, convención, quien está ahí, en escena, es una actriz.., Y aún así, uno se pregunta de dónde ha salido ese dolor, en qué terreno entre la realidad y la ficción se estaba jugando.

"Metamorfosis" fotografia de Susana Paiva


HACIA LA DESOLACIÓN
A partir de aquí, con una Angélica ya sin peluca pero con un peinado semejante al de la novia de Frankenstein, como ser híbrido resultante de las dos, la música se hace aun más presente. Y con la música crecerá la enfermedad, la incapacidad y la locura. Se muestra la imposibilidad de este estado en el tiempo. Cómo poder seguir viviendo sin caer en la locura o el suicidio… En un ejercicio de voz imposible que en la tercera función llevó hasta romperse el aparato fonador, Liddell –mientras se va clavando alfileres en las manos- lleva la música, la desesperación y la locura al paroxismo, a un lugar donde la ceguera es fuerza, donde todo está dejado y aún así la rebelión impregna cada gesto. No parece haber alternativa ante los parámetros de retroalimentación del dolor, ni calma, ni espacio para la tranquilidad que valga. El ser humano parece una calavera luchando por un rastro de piel ya podrida. La desolación es insoportable, la música como una herramienta del infierno, lo impregna todo y la lucha extrema por la supervivencia digna, puta palabra, se hace presente como en pocas vidas alrededor uno ha visto.
Quizá haya una parte del espectáculo que uno tenga mayor problema en hilvanar, en darle su sitio. Es el momento de “Jackie en Vietnam”, en el que vemos unos vídeos de la brutalidad de la guerra que concluyó en 1975. Uno no sabe cómo y porqué irrumpe este trozo de realidad. Quizá sea una reafirmación después del largo recorrido por un pasillo interminable y sin puertas que es este espectáculo, una reafirmación de Liddel que al hablar sobre un espectáculo anterior decía: “poner en relación lo privado y lo público, porque me parece que siempre debemos hacer compatible nuestra búsqueda individual de la felicidad con la catástrofe humana”. Otro fracaso sin esperanza.
Acaba la obra con un epilogo teatral que se guarda en salud de mitificaciones. Bella imagen de tensión y muerte entre los cuatro ataúdes y el miembro de carne, el brazo, de Liddell. Tras lo cual se pintan bigotes a la foto de du Pré y se le disparan bolas de colores al violonchelo, instrumento del diablo, que sale en la misma fotografía. Nada de altares. Al final, una Liddell sola come palomitas y medita. En el estreno, se llegó con tal carga a esta escena que lo que los otros días fue llanto solitario, rompió en sollozo incontenido. Un sollozo que daba cuenta de un parto difícil y severo. Así abandonó Liddell la escena, rota y gimiendo en grito. No se oyó ni un aplauso.

fotografia de Susana Paiva

Una hora y cuarto fuera del tiempo, sostenido por una sola persona en escena, agarrados a un dolor sobrehumano. Quizá he estado demasiado descriptivo, poco reflexivo, sin analizar la capacidad de unir acción, texto e interpretación. Sin hablar de partes, dramaturgias ni puestas en escena. Sin mencionar a esta compañía que se reinventa en la profundización y el trabajo solitario y fuera de estrategias. Pero ciertamente, no sabía cómo hacer llegar esta obra negra e irrepetible, que uno se pregunta si es posible que vaya de gira, que se haga con “normalidad”. Valentía, trabajo y resolución para un arte muerto, para una vida peligrosa.
Valgan unas preguntas: ¿Es la exigencia fuente de locura e infelicidad? ¿Es el miedo algo que nos ayuda a vivir? ¿Qué quiere decir dignidad? ¿Es desdichado el obstinado? ¿Feliz el perezoso, el simulador, el que se autoengaña? ¿O todo comienza cuando perdemos, ya no la inocencia, sino la fe en el otro depositada ante el engaño y la herida? ¿Nacemos caídos o nos despeñamos? ¿Es el dolor, como el deseo, inagotable y poderoso por anhelar lo que no existe? ¿Apaciguarse es morir? ¿Es posible el pacto? ¿Es el hombre destructor por no querer saber de la muerte? ¿O por eso mismo? ¿Qué hay aparte de la saliva y la ceniza?

Pablo Caruana Húder