26.7.09

DERIVAÇÕES - Por estas terras



Miguel Torga. Médico, unamuniano, áspero y tierno. Poeta del Mondego, ibérico.

fotografia de Susana Paiva


Pinhao, 25 de septiembre de 1945. Bajo una vez más por el camino que une el frescor de la montaña a este calor tropical, y nuevamente el viejo problema de nuestra incultura empieza a acosarme. No puede haber en el mundo nada tan bello como el valle del río Pinhao, cuando lo visten estos primeros matices del otoño. Miramos desde arriba y es como si nos eleváramos de la tierra. Nos asomamos a un abismo de colores, en cuyo fondo dos ríos se beben ansiosos entre sí. Pero no hay ni una página escrita expresándolo, no existe una leyenda que sustente tanta belleza, nunca pasó por aquí un poeta con la lira en la mano. El Rhin tiene sus castillos, y tiene sus Brentanos y sus Heines. Este desgraciado Duero no tiene más que sus piedras descarnadas como huesos calcinados en un desierto. Con tanto vino generoso como ha dado, con tanta fuerza como ha derrochado para rasgar las rocas desde sus fuentes hasta el mar, y ¡nada! ¡Ni un cuadro, ni un poema, ni un relato! Únicamente sudor, sudor, sudor, y la proa de algún barco rabelo tan pesada como un látigo, que azota su lomo dorado. Y lo peor es que esta misma desgracia afecta a otros ríos y a otros valles de nuestro país. Enclaves maravillosos a los que nunca se ha acercado la imaginación de ningún artista, arroyos cristalinos ignorados por todos. El pueblo, encerrado en las anteojeras de su hambre milenaria, no ve más que sembrados y aguas de riego. Y los otros, los que están bien comidos y bien bebidos y que, precisamente por ello, deberían tener mayor agudeza, nunca han sentido cariño hacia esta patria suya y no han hecho más que chuparle siempre el jugo. Nunca han enviado a un artista para que la conociera, como nunca se han dignado a parar su litera en lo alto de un monte para mirar a su alrededor. Se van a gastar el fruto del sudor de sus siervos a los cafés de París, seguros de que tienen buen gusto y de que son personas civilizadas. Y el nombre que le dan al lugar donde se labra su grandeza es “provincia”. Encierran en esta palabra el asco que le inspiran esos piojos y esas plagas que se cultivan con un desvelo digno de ellos y, cuando regresan, se instalan en la capital. Se instalan en esa Babilonia de nuestra perdición, en esa Lisboa que todo Portugal tiene que sustentar, en esa enorme, monstruosa y vacía cabeza de un pequeño cuerpo tan cansado de trabajar que no tiene ni tiempo para mirar la hermosura natural que Dios le ha dado.

Miguel Torga Diario (1932-1987). Páginas 105-106
Alfaguara, 2006.