Imagen de la pieza “Bad Mirror, The Vicious Five” de Luis Alegre.
Todo empezó junto a una pequeña iglesia de ecos griegos, más que pequeña una especie de capilla que parece haber sido tele-transportada desde el Egeo y hoy descansa en estas tierras planas y lusas junto a la carretera y el río Mondego. Todo empezó junto a la iglesia del Santo Martir, en un nuevo y moderno lugar llamado la Alcaçova. Allí se inauguró la treinta y tres edición del festival.
Igrexa de Mártir Santo
Aunque vayamos a lo que importa, que es lo que allí pasó y lo que seguirá pasando hasta el término de este festival: la exposición del artista Luís Alegre, seis piezas de rotoscopia obsesionada, de trazo limpio donde prima la línea, una línea que busca el movimiento en un espacio sin fondo, sin adornos. En esa cámara oscura que es la sala de exposiciones, surgen de seis pantallas estas imágenes recreadas y modificadas por Alegre. Si dejamos a un lado por un momento la última pieza (Bad Mirror, The Vicious Five), quedan ante nuestros ojos un verdadero estudio concentrado en el cuerpo humano y su movimiento en el espacio. Pero no desde un punto de vista tan sólo cinético (del trabajo y la energía generado por el cuerpo humano), sino más amplio. Alegre dibuja la silueta, se centra en la línea, abole el fondo, todo lo que rodea a la silueta humana, dejando a esta en un blanco silencio. Tiende así la imagen, por reducción a su mayor simplicidad, a la abstracción que abre significados, o si bien no significados, posibilidades. Y tiende así la imagen, en su brevedad repetida (todas las piezas muestran un movimiento corto repetido al infinito), a lo hipnótico.
Inauguración de la 33 edición del Festival de Montemor
Pero volviendo a la crónica, ayer se inauguraba Citemor con esta exposición. Vino gente. Y fue extraño y divertido, extraño estar ahí situado, en esa moderna terraza de maderas lisas y largas, de sillones de cuero aséptico que ahora granulan para escapar del sky, tomando un refresco con Montemor y su castillo al fondo. Y miraba yo la cara de mi amigo de estas tierras, grande en el cuerpo e inmenso en sensibilidad inteligente, que siempre parece ausente y más preocupado en acumular cajetillas de Camel que en la VIDA. Lo miraba, contento y consciente. Y, mientras pensaba en estos tiempos raros de crisis, miedos y voluntarismos, degustaba esta maestría que tienen por aquí con el hojaldre, en Tentugal y Pereira, y me reía con gozo, con el gozo de ese movimiento obsesivo que intenta torcer un tobillo hasta lo imposible, de ese hombre que un día fue bailarín de Pina Bausch arrastrando un armario y hoy surge como idea abstracta del blanco de un monitor plano.
“Nao tenha dúvidas sobre isso! Vamos sair desta crise homem!”, espeta el personaje llamado Oil Man en la obra de Teatro da Garagem basada en la pieza de O’Neill “Sed” y que este fin de semana se estrena en Citemor. Ahí lo grita, al cielo del Castillo de Montemor, donde en cuanto cae la noche se mete el Atlántico hecho aire. “Nao tenha dúvidas…”. No tengo ideas sobre la política. No soy recomendable ni en mi discurso ni en mi actitud, ni artística, ni política, ni humana, tan sólo pruebo una queijada, veo a la gente pulular por una terraza y no puedo dejar de pensar en esos pequeños dibujos donde no hay contexto, donde sólo existe la línea obsesionada, imágenes en movimiento que remiten a lo abstracto de un pensamiento que antes fue sensación, gesto, tic nervioso. Me quedo hay pegado en una repetición que sé me es conocida, una repetición de noches solitarias, de momentos donde el cerebro se para y detiene y te ves sentado repitiendo una misma idea, banal o profunda, en tu cabeza, dándole vueltas sin finalidad, encontrando algún sentido en ese mismo repetir. Ahí estoy pegado, a un movimiento, a una desaparición, a una contemplación obsesionada y sin objetivo. Qué bueno Alegre, qué buenos esos dibujos que surgen de la realidad para convertirse en otra bien modificada.
Experimentación improvisada
Tras Alegre el festival comenzó su andadura escénica con “Carta Branca” con António Jorge Gonçalves a cargo de las imágenes generadas en directo y con Pedro Lopes generando el sonido. Una hora de improvisación cromática, figurativa y sónica en el pequeño Teatro Esther de Carvalho. Fue placentero ver el teatro lleno y bien surtido de público joven e interesado.
