23.7.14

La dureza vertical de Tania Arias

Texto de Pablo Caruana, publicado no El País (10 de Abril de 2014)

Fotografia de Ángel Montero

La “otra” danza madrileña resiste. Esa es una de las buenas noticias de este estreno. La otra buena nueva: el paso firme y la voluntad de no extinción de una de las bailarinas con más fuerza escénica de la capital: Tania Arias Winogradow. Hoy, Arias presenta Infinito – besos =, pieza en construcción para la que esta madrileña se hace acompañar, habitar, para luego exorcizar, por compañeros de ruta cercanos: el bailarín canario Mauricio González, el actor Juan Loriente, la bailarina y coreógrafa Mónica Valenciano (Premio Nacional de Danza 2012) y un invitado que prefiere mantenerse en la sombra y se hace llamar Manuel D’Emmergence.
La pieza tuvo su primera confrontación escénica en noviembre pasado en la Sala DT. “Esa es la idea, continuarla. En DT estaba de manera primigenia, muy cruda, y ha ido desarrollándose, hemos seguido colaborando, se ha unido Mónica Valenciano que se enganchó y comprendió desde donde podíamos hacer viéndolo en DT… Esa es la intención, seguir trabajando y poder abrirlo al público cada cierto tiempo como ahora en Pradillo”, explica Arias sobre esta pieza que ha contado con apoyo de La Casa Encendida y que estará dentro de la programación de Madrid en Danza a finales de este año. Pero no fue siempre así. Esta pieza es el resultado de un periplo largo donde una bailarina formada con Ullate, que abjuró del clásico y fue transformándose con creadores como La Ribot, Mónica Valenciano o Mathilde Monnier, decidió seguir bailando fuese como fuese.
A Tania Arias ha sido difícil verla trabajar en estos últimos años. Alguno puede haberla visto bailar con Estela Lloves en el festival hecho en pisos particulares Living Room de Madrid, en la Sala Nasa de Galicia justo antes de desaparecer  o en la inauguración del Teatro Pradillo con una pequeña pieza, El último salto de Nijinsky… Y quien lo ha conseguido ha tenido la oportunidad de ir viendo conformarse una mirada en escena. Porque Arias cuando baila mira el mundo. Lo escruta con ojos fijos, con mirada dura. Mirada conformada por mismas cantidades de determinación que de fragilidad, de exposición que de técnica, de libertad que de duda. La suya es una técnica vertical, que rechaza la floritura pero que acaba dejando entrar en tensión lo poético. Danza como ejecución, pero ejecución con grietas, donde el espectador intuye una lucha no explícita del intérprete por poder encontrar un movimiento justo que pueda retener y defender como propio. Es difícil explicar cuál es la fuerza de un bailarín en palabras pero al mismo tiempo es evidente como espectador cuando la ves hoy que te encuentras ante un “bicho escénico”. Pero el camino no ha sido fácil.
A principios del XXI, la realidad escénica de Madrid y la dureza connatural de llegar a ser creador se tragó a muchas intérpretes de la danza contemporánea que querían dar el paso a la creación. Desaparecían compañías donde poder ejercer de intérprete, creadoras referentes como Valenciano, Blanca Calvo o Ana Buitrago paraban. En Madrid resistía Elena Córdoba y Carmen Werner entre otros pocos. Otras creadoras como Olga Mesa y La Ribot ejercían en el extranjero. Y, además, no era una transición tan evidente pasar de intérprete en una danza donde se te pedía mucha capacidad y responsabilidad creativa a ser tú el propio creador. Combinación diabólica que unida a circunstancias vitales se llevó fuerzas esenciales de la escena madrileña como Montse Penela, Marisa Amor, Nekane Santamaría, Raquel Sánchez, Nines Martín, Estela Lloves… La lista siempre será incompleta y nunca definitiva pero en estos últimos años ha sido evidente que asistíamos a una disolución de una cierta danza que en Madrid fue motor escénico de la investigación y la experimentación durante los noventa.
Son pocos los proyectos (Paz Rojo, Camille Hanson, Amalia Fernández…) que han podido aflorar intermitentemente en las programaciones. Tania Arias miraba todo esto con ojos fijos y en silencio, con la clara determinación de no morir como intérprete: “Hace años me definía en mi biografía como bailarina en extinción, y sí: tenía la necesidad de no morir como bailarina, me cuesta considerarme creadora o directora, soy intérprete, pero en Madrid la gente con la que trabajabas ya no está y la verdad es para interpretar tengo que tener una comunión y entendimiento con quien estoy haciendo muy fuerte, sino no va”, explica Arias, que en el 2011 trabajó bajo la batuta de la belga Chantal Yzermans en Escena Contemporánea, festival donde estrenaron la pieza Guns and Roses, trabajo exigente a nivel de interpretación pero que quizá se alejaba de los intereses artísticos de Arias: “Ahí, con Yzermars, me di cuenta que era mejor dedicar tanto esfuerzo y sacrificio para algo que tuviera más que ver con mi danza y con mi poética. Me tuve que plantar y rechazar seguir en el proyecto cuando ya íbamos al Pompidou de París a bailar”, recuerda.
“Quizá este trabajo, Infinito – besos =, nace de esa sensación de ver a mucha gente que podía estar en plenitud en escena y estaba apartada. Y sí, hay un momento en que reacciono a la desesperada para seguir bailando”, sentencia. “Estos últimos años comencé a hacer pequeñas piezas en sitios no teatrales, como regalos incluso, iba a casa de un amigo y le regalaba una pieza, bailaba en una peluquería de un amigo… Fui viendo que aquel trabajo tenía cierta potencialidad. De ahí surge esta pieza, para la que me he apoyado en gente que sabía me podía entender”, explica Arias. “El proyecto nace alrededor del concepto del juego, como punto de partida. Pero sin obsesionarme, con cada acompañante se ha ido estableciendo una relación diferente. En un principio me ponía en sus manos para que me dirigieran, pero no ha sido así, ha surgido un diálogo fructífero donde luego yo iba tomando decisiones, y es este diálogo el que me parece interesante y rico”, afirma Arias sobre esta pieza donde el espectador podrá ver su bailar transformado y atravesado por diferentes atmósferas, su cuerpo siendo varios cuerpos y uno.
“A Mauricio no le conocía, pero por intuición sabía que podíamos entendernos. Ha sido bonito porque había muchas coincidencias, hay una parte en la que vuelvo a hacer movimientos de danza clásica, de la que llevaba años y años sin querer saber nada. Y Mauricio los pillaba a la primera y me preguntaba… ha sido bien bonito. Él utiliza el clásico pero con un respeto y un amor muy bello”, cuenta Arias sobre este bailarín que llegó a estar en el Ballet Nacional de España. Otro cantar parece haber sido la relación con Juan Loriente, actor conocido por sus trabajos con Rodrigo García. “Ha sido muy intenso y se ha mezclado trabajo y vida. Mi relación con él empezó siendo un juego, nos escribíamos cartas sin conocernos y antes de que este proyecto existiese. Cuando se lo propuse aceptó enseguida, no hizo ninguna pregunta como los demás. La primera vez que quedamos no sabíamos qué hacer, así que decidimos dar un paseo en silencio. El trabajo con él ha sido compartir tiempo y sorpresas, me llegaban cartas llenas de objetos, me dejaba mensajes en el contestador, me tiraba cosas al balcón de casa, Juan es así. Propone y luego te deja hacer y decidir”, cuenta Arias.
“En cambio, con Manuel D’Emmergence ha sido una estrategia distinta, está más ocupado y desaparecido. Así que el juego es que él me propone en el último minuto, y sin darle vueltas y sin revisar se hace. En DT llegamos a hacer una parte sin probarla antes. Se juega con el riesgo y la imprevisibilidad”, explica Arias sobre este artista que se borra tras un pseudónimo. Aunque si prestan atención podrán atar cabos, es la quinta vez que aparece con pseudónimo en diferentes proyectos, una pista: en otras ocasiones respondía al nombre de Johannes de Silentio.
La última colaboración es diferente, Mónica Valenciano fue directora de Tania Arias en su compañía El Bailadero. “Mónica llegó tras las funciones de noviembre. Nos está faltando tiempo, ella está más acostumbrada a dirigir y yo quiero llevarla más a mi terreno, estamos probando y todavía nos falta un último encuentro para tomar decisiones para ver qué hacemos en Pradillo. Pero vamos encontrando. Lo bueno es que seguiremos trabajando”, explica Arias. Sobre el bailar de Valenciano se ha dicho: “Es una danza fragmentada, compuesta a partir de impulsos, de pasos truncados, de pequeñas explosiones inesperadas…”. Se reconoce ese paso de testigo a Arias, pero también se convocan en esta bailarina muchos otros cuerpos: el de Mathilde Monnier, el de Juan Dominguez, el de La Ribot, el de Víctor Ullate… Todos ellos de pie en un mismo cuerpo vertical, en una mirada que es tradición no perdida y voluntad de presente.