24.8.11

CRÓNICA | La distancia limitada entre la muerte y la vida

Texto de Pablo Caruana

Vi esta pieza por primera vez en enero, en el Festival Escena Contemporánea, llegaba la pieza de armarse en el Festival dirigido e impulsado por Antonio Fernández Lera allá en Galicia. Aunque con Ana Buitrago uno no sabe bien si las piezas no le van saliendo como las arrugas, que van incrustándose a lo largo de los años sin saber bien cuando empezó todo, cuándo se hizo visible y cuando quedó surcada. Luego tuve la suerte de ver la pieza en el Festival lp de Barcelona, en el nuevo espacio de La Porta, asociación que organiza el festival y donde Buitrago ha encontrado durante años complicidades y maneras de trabajo afín. El espacio había cambiado, pasando de un espacio itinerante e imposible en la sala DT de Madrid a un espacio más frontal y cercano en Barcelona donde se acentuó el juego de la artista con el público a través de miradas directas y cómplices. En ambos casos la puesta en escena era de una sobriedad extrema en la técnica, el vestuario y la escenografía. Espacio vacío, luz general, la ropa de todos los días y una mesa que lleva con Buitrago lustros, que desapareció y que volvió después de años, con esa determinación propia que a veces tienen los objetos.
Ahora, después de cinco meses he vuelto a ver la pieza en Citemor, en el Espacio B. Y me he dado cuenta que sobre esta pieza sólo me siento capaz de escribir desde la memoria, haciendo de ella pasado, recuerdo. Así me pasó en Madrid y así me pasó en Barcelona, donde tenía compromiso y me escabullí de perfil y excusado. No llegué a escribir en ninguna de las ocasiones.
Y me preguntaba por qué. Porqué otras piezas generan en mí la voluntad urgente de la escritura, porqué otras sé que necesitan de días y lecturas alrededor para centrarlas y, sobretodo, porqué esta pieza ha necesitado para centrarla la comprensión desde la rememoranza, desde ese ejercicio donde se pierde el contorno y el detalle.
Hay una respuesta de la que desconfío pero es la que tengo. Y es la confrontación entre dos esferas bien presentes en este trabajo: una estructura cerebral y que surge de una fuerte formación en la danza y el arte contemporáneo y otra no estructura que pugna por ser y es, esa de la tristeza, de una extraña melancolía alejada que contempla su propia muerte.
Y eso, la contemplación de la propia muerte en escena, es cuando menos sobrecogedor, daña al que mira, y daña porque te reconoces, porque ves la misma herida que al final de la pieza Buitrago muestra con luz lateral al público expuesta en su propio cuerpo. Su cuerpo es un espejo de eso que muchas veces hueles, que la mayoría de las veces escondes y que aquellas pocas que te detienes a mirar se te escapa entre vericuetos mentales, en un cerebro que va a mil y te ataca con recuerdos propios de todo tipo o que se distrae con una mosca que vuela.
Ahora, escribo desde la casa fundacional de mis recuerdos y de mi infancia, desde una casa en Pamplona donde todo se extingue, pseudoabandonada. Aquí todo me lleva a una melancolía atravesada por las muertes de aquellos a quien quise. Atravesada por muertes ajenas, no la propia, pero tan cercanas que me hicieron sentir por primera vez la desaparición. Cada objeto que aquí todavía posa, cada rincón, cada aparato, cada cajón por abrir está gravemente lleno de lejanía y desaparición. Ahora he puesto la radio, un aparato de los sesenta en un enchufe de los años cuarenta, y después de pasar por dos emisoras que claman perdones y salvaciones en un Madrid tomado por el Papa suena “Perdóname” del Dúo Dinámico. Todo quiere asaltar mi cerebro con la añoranza, con la tristeza de lo ido. Y en defensa, me acuerdo de la pieza de Buitrago y de esa distancia con la que veía su cuerpo, su herida, su historia, su muerte segura. Recuerdo la distancia que le permitía verse con cierta calma y me digo que eso es, para mí, lo más importante de este trabajo. La lejanía que ilumina con una luz tenue la propia vida y que permite ver con nitidez lo que uno es sin tapujos ni adornos, verse en soledad, como animal reflexivo que atraviesa el día a día, roto en tiempos y esperanzas, “esa luz que hay los domingos entre las 12 y la 1:30, esa luz que se llena de ecos peatonales”, dice Buitrago frente a una mesa donde el plato diario es un mapa de tinta negra.
Ahora suena “El final del verano”, caray el asalto se vuelve carga de caballería, la puta educación sentimental del españolito, sentimental, fea y católica, pero propia, sin otra posible. Pero yo me agarro a la Buitrago, a una soledad sin asas, sin paredes, sin techo, como el espacio B de Montemor, o metido en una cava madrileña, sin aire, como en el DT de la Calle Reina. Una soledad que gira sobre sí misma y a sí misma contempla. La contemplación de un ojo reflejado en leche, de un ojo que se mira y se ve en leche postrada, como las dos enormes proyecciones que acompañan como epílogo a esta pieza.
Y me vuelven a atacar otros pensamientos. Pensamientos que se contraponen a lo contado hasta ahora, pensamientos sobre esas partes en las que Buitrago ejercita el fragmento, escenifica en movimiento el pensamiento abstracto. La danza meta-lenguaje, aquella que expone lo que es el fragmento, el signo, la pausa, la ruptura, el no hacer, el hacer, el desplazamiento de la acción y su significado, el desplazamiento del cuerpo en el espacio, la quietud… Me enfrento a cuando la danza se vuelve meta-ejercicio de la propia reflexión de lo que es un cuerpo en escena. Cuando la escena es un ejercicio cerebral sobre la composición, la representación y el tiempo. Me voy, me salgo, me siento echado y me revuelvo. Me quedo con la plasmación de la Buitrago hablando bajito, desde un rincón no espectacular que invita, trabajando sobre su limitación física que es humana, sobre su herida que es su vida, con esos movimientos pequeños que no llegan a ser, que son en su no acabar siendo.
Y me digo que quizá sea porque existe esta confrontación, que Buitrago puede ir haciendo, que no hay que luchar contra una u otra, sino confiar en su coexistencia. Aunque dudo.
Y queda el recuerdo de una mesa y un cuerpo, de una cotidianeidad que huele a berza hervida y un cuerpo herido, lesionado; me quedo con esa primera imagen de la obra: con el sonido de una chueca acentuada que traza un infinito en el espacio vacío. Me quedo con una Buitrago incapaz de fijar un movimiento, no ya de tener certezas, sino de no poder acomodarse a una identidad, incapaz de decir esta postura soy yo; de una Buitrago buscándose con el codo, siempre en búsqueda. Me quedo con Ana trabajando allí y acá, en la UVI, en piezas hechas y desechas, Desviaciones, Situaciones, ahora la Porta, ahora con unos sabelotodo de teóricos institucionalizados y políglotas, ahora con una bailarina con la que conectó en la mirada, siempre buscando sitios desde donde poder hacer, promover… Años a través de los cuales ha ido dejando piezas en solitario, piezas que son plasmaciones de una resistencia ante el devenir y paso del tiempo que todo lo aplana.
Decir que al igual que hay esa distancia, quizá esta pieza funcione por la intimidad que es capaz de generar entre quien mira y quien hace. En el lp de Barcelona y en Madrid esa intimidad estuvo potenciada por la cercanía del público. Buitrago jugaba y miraba al público incluyéndolo. En el Espacio B de Montemor, aunque se dejó una luz tenue en platea (esta vez una grada) para que Buitrago pudiese ver al respetable, ese juego se diluyó en la presencia derruida y vuelta al cielo de este espacio poderoso. La pieza se volvió más frontal y distanciada; y aun así esa intimidad, si bien no fluyó tanto por el juego antes citado de miradas, siguió funcionando gracias al planteamiento nada espectacular de toda la pieza, a su manera pequeña de hacer, de mostrar, a su capacidad de compartir con desnudez tranquila pequeños sitios recónditos de esta bailarina incombustible.
Transcribo aquí unas pequeñas conversaciones que a lo largo del tiempo se dieron vía telemática con Buitrago. En ellas, al igual que en la pieza, Buitrago se muestra generosa y comparte sin dudar. Creo que son muy aclaratorios y valiosos. Aquí están:

CONVERSACIONES CON ANA BUITRAGO
SOBRE LA TRISTEZA FRENTE A LA CONTEMPLACIÓN COMPARTIDA. Y SOBRE LA MUERTE:
Creo que me he perdido por las derivas de algo que está muy presente tanto en vida como en obra pero creo que toda esa tristeza o soledad de la que hablas, no es algo que busque o persiga simplemente emerge tanto de los procesos de trabajo en solitario ( básicamente a lo largo de mi trayectoria he hecho solos, y exceptuando el de “primer ensayo sobre el sinsentido” dónde el cuerpo que estaba en escena era el de Silvia Sant, en todos los demás el cuerpo que ha hecho el proceso ha sido el mío); como de esa necesidad de dejar que en la escena se vislumbre o atisbe una intimidad, una vulnerabilidad y una proximidad con la mirada del otro que son en muchos sentidos la esencia de mis trabajos y de lo que entiendo por ese momento de compartir ahí, con el otro. Pero para mí no es triste, son preguntas, son exposiciones, creo que hay pequeños juegos, pequeñas complicidades, pequeños guiños que están ahí, pero que siempre intento plantear desde un espacio de invitación, de comodidad y sobre todo desde el intentar crear un espacio y un tiempo que nos permita habitar la contemplación, el estar… igual la contemplación, a mí me sale nostálgica¿????? Pero te aseguro que es una reivindicación entusiasta, un querer crear otros espacios de relación, otros modos de establecer los afectos, y eso, digo yo no es triste, es más político ¿no?...... ¡Joder, es que lo de saber contar un chiste nunca ha sido mi fuerte!
La muerte, ¿qué coño me pasa con la muerte?… pues Pablo no lo sé, no sé qué me pasa con la muerte ni porqué los domingos me dan esas ganas de llorar al leer las necrológicas de desconocidos, ni porque las imágenes de los cuerpos hinchados de ahogados arrojados en cualquier playa lejana, o los cuerpos desmembrados después de cualquier explosión, o los cuerpos asustados y acurrucados por miles de razones y actos sin razón que me llaman la atención y me asombran por esa mezcla de horror, de identificación con la carne y con el ser, con la figura ya inerte con su animalidad de carnicería y a la par por la misma distancia, por el propio extrañamiento que generan en mi… no sé Pablo, no sé qué me pasa con la muerte… supongo que está ahí y es eso, que está pero que yo a veces la miro como si me fuese ajena y eso mismo me extraña, me inquieta, me asombra, … pero creo que desde hace años necesito habitar esas imágenes de cuerpos arrojados, vaciados, pero que observan, que siguen cuestionando algo, porque necesito saber… saber no sé qué, o al menos necesito cuestionarme cada día cómo me enfrento a esas visiones, a esa realidad…
Bueno, ya ves, soy dispersa, reiterativa y nada sintética en la reflexión, pero bueno aquí va algo para empezar esas conversaciones, me queda seguirte hablando de los temas en el pasado, de la fragmentación, regionalización y discontinuidad del cuerpo y el movimiento, de la imagen, el signo y el distanciamiento que es esa mi respuesta al intentar hacer, al intentar estar, transitar y dejar que los cuerpos y el accionar hablen, cuenten digan sin tener porque retenerlos, asirlos apresarlos en un significar….

SOBRE LA HERIDA, LA LIMITACIÓN Y LA MELANCOLÍA
para Pablo, así que te hablo a ti o quiero intentar hablarte a ti desde el desconocimiento mutuo y propio… Propio porque en realidad me doy cuenta de que sólo me paro a escribir en la soledad y que mis días en general se llenan de actividad, vamos que no quedan tantos espacios para ella aunque en el fondo me acompaña siempre (digo una parte de la soledad, que también me preguntabas por ella). Escribir nunca ha sido una actividad para mí sino más bien un silencio, esforzado o a gritos pero silencio que zumba en los oídos. Pocas veces me paro a plasmar en palabra escrita mis procesos, mis pensamientos en relación al trabajo o a la vida o a la muerte. Siempre he sido más de sobremesas, más de un vino y una conversación que va desgranando esos espacios… y todo eso me lleva a ese preguntarme tuyo sobre la tristeza.
Hoy, estos días, ¡vaya época que estamos viviendo! como dice un colega, no están ausentes en ningún sentido de dolores varios, vértigos, impotencias o dificultades, quizá esa tristeza o esa melancolía que ves sea simplemente el disfraz o el vestido que me permite transitar por ellas, pero en el fondo no creo que sea tanto eso, sino que son ese afirmar o desnudar del hecho que “no es que tengamos una herida, sino que somos una herida” y que probablemente el espacio de encuentro , de diálogo, de cuestionamiento que me supone cada entrar en el estudio a trabajar, a crear tiene que ver con escuchar, atender, aceptar, confrontar esa herida; no es algo que viva con dramatismo, es, simplemente es una de las realidades que me encuentro al pararme y atender.
Ahora recuerdo un comentario tuyo un par de días antes de entrar a ver “Apuntes mínimos” me preguntaste si esta no era la misma obra que habías visto en Salamanca hacía un par de años, aquella que hablaba de mi lesión, y creo que te dije que no, que no era esa pero que igualmente hablaba de la lesión en el sentido de que yo ya era una lesión, igual suena exagerado, pero me repito, hoy ya no tiene nada de dramatismo, simplemente describe una realidad, poética, física, de pensamiento, de vida y probablemente de obra, dentro de este mi ir haciendo dispersamente pequeños solos a lo largo de los años. Y al hablar de lesión ya ni tan siquiera me refiero a esa parte concreta y material que está y que todos veis en mi cuerpo cuando se expone en escena, esas cicatrices o esa dismetría que me hace cojear. No me refiero a eso, me refiero a la limitación. La limitación es algo que en teoría todos en nuestro ejercicio de falsa humildad aceptamos, pero llega un momento en el que ya no es concepto, ya no es hipocresía de la formalidad o la teoría, si no que me la he topado, la vivo y convivo. La limitación como experiencia física es una y es cierta, e intuyo que siempre llega o nos llega con la edad, o nos llega como accidente o como enfermedad o simplemente vino con uno en el nacimiento, pero intuyo que llega en algún momento de la vida. Pero lo que me interesa de eso es cómo llega la experiencia, la vivencia de ser limitado, a meterse en las carnes, y vuelvo a decirlo, no es ese pensamiento de que somos hormigas en el universo, eso me queda lejos, no sé ni si concibo el universo, debe de ser una escala demasiado grande, demasiado inabarcable para mi imaginación; sino cómo te llega esa vivencia de habitar dentro de límites, de incompletudes, de no cerrar, y cómo eso se convierte en un necesario y urgente diálogo con el entender esa finitud, esa limitación como esencia.
Así que la lesión es esa herida, es esa batalla y esa negación que inevitablemente te lleva a un diálogo con la soledad, porque ese dolor, físico y del sentir, (no puedo decir del alma, porque como digo en la pieza citando a Paul Bowles, “el alma no existe”, que igual si que existe, pero la verdad no me ocupa o preocupa eso, simplemente como experiencia lo traduzco en el sentir, el experienciar, el vivir…) es algo que se vive en soledad, que no se puede compartir, que como mucho se puede acompañar.
Ahora que te escribo esto estaba acordándome que una de mis reflexiones (de consuelo y extrañamiento) durante todo el año de rehabilitación, era que el dolor físico era inconmensurable, un momento de pérdida en la inmensidad de ese horror “carnal”, de esas fiebres de puro contacto con el cuerpo y la intensidad, pero que todo ello era un lugar por el que sólo iba a transitar, que aquello tendría un final, o al menos se modularía; vamos la puta esperanza me servía de flotador. En aquellos momentos a veces creo recordar que pensaba que el dolor del alma era mucho mejor porque al menos de puro aburrimiento a ratos se acallaba pero la presencia en la carne no se silenciaba… con los años se ha ido callando.
Ayer en una obra de un artista mexicano aparecía una cita de Joseph Beuys “quien muestra su herida se cura, quien la oculta no se cura” o algo así, bueno pues igual también es eso. ¿una terapia más?

SOBRE EL OTRO TRABAJO DE BUITRAGO:
Vamos que pensando y pensando creo que mucho de lo que he hecho a lo largo de estos 20 años de actividad profesional y vital en este país tiene mucho que ver con gestar, coordinar, sostener, alimentar, potenciar, coordinar espacios de encuentro, exposición tanto en la práctica como la reflexión. Que tiene que ver con generar espacios para lo que hay y para lo que necesita ser, y esta necesidad muchas veces ha sido una necesidad mía que se ha extendido a las personas con las que me he ido cruzando en diferentes contextos, vamos que básicamente he sido nudo o enlace de muchas propuestas que he querido que fuesen o estuviesen abiertas a otros o para otros y que eso lo he hecho por que probablemente es mi manera de entenderme en el mundo y de entender este mundo como un lugar activo de relación, confrontación, cuestionamiento COMPARTIDO O AL MENOS CON OTROS.
Así está Estudio 3, la Uvi -la inesperada, Piezas Cortas hechas y deshechas, los Encuentros de improvisación, las colaboraciones con Desviaciones, Situaciones, In-Presentable, el traducir en miles de charlas con artistas y talleres, mi participación en Autonomía y Complejidad de artea, Los años de colaboración con la Porta que me gusta porque es un diálogo a varias voces a veces de contradicciones y otras de complementaciones. El lanzamiento de la colección de libros sobre danza y pensamiento "cuerpo de Letra" y el que luego me consideraran innecesaria por buscar un diálogo y colaboración con un equipo de gente. Bueno y que en paralelo a todo esto están todos los años de trabajo en clases regulares o luego en laboratorios y talleres por muchos sitios relacionados con diferentes herramientas y cuestiones en torno a la presencia, el foco y la atención en el hecho escénico. Y que esto también me ha interesado siempre no sólo porque es una forma de ganarme las habichuelas, sino porque también es un confrontamiento activo con otros cuerpos y otras formas de hacer, entender que me actualiza a mí.

Y luego, o en otro plano, ese que uno se pospone o se va dejando para más tarde están o han estado siempre mis creaciones para la escena, que curiosamente en su mayoría han sido en solitario, vamos toda una contradicción con todo lo demás.