7.8.11

CRÓNICA | La deconstrucción del género

texto de Pablo Caruana

Todo empezó con un número de prestidigitación donde la psique humana se desmenuzaba y volvía aparecer en una esquizofrenia obsesiva en la que, además, se enlazaba con la situación de crisis económica actual; para continuar con un número de danza cabaretera reflectante que derivaba en número de manipulación ventrílocua. O algo así. También hubo crítica a la nobleza, hasta con música de Barry Lyndon y estética Coppola a lo María Antoñeta; y todo acabó en un número de transformismo arcimboldiano hacia lo frutal y estático. O bueno, mejor dicho acabó con el misterio, con una tela cayendo en luz barroca y un cristo emergiendo durante dos segundos para no poder implantarse en nuestra zona subcortical.
Podríamos decir que eso pasó. Y sería mentira. Es lo que tienen las palabras, lo que tienen de distancia con lo que pasa en escena. Es como las palabras -ya sean descriptivas o enumerativas, ya sean esencialmente valorativas-, se acercan más a las ideas que el creador tiene sobre lo que quiere hacer que a lo que realmente pasa en escena. Qué paso ayer en escena, cómo explicar y cronicar “Mesure it in inches”, de Marianne Baillot y António Pedro Lopes…
Intentemos otro código, apliquemos otro lenguaje, otro tipo de acercamiento.
Marianne Baillot -coreógrafa y bailarina francesa que ha trabajado durante años también en Portugal- y Antonio Pedro Lopes –performer portugués- estrenaron en el teatro Esther de Carvalho (pequeño y recoleto teatro burgués del XIX a la italiana construido en una antigua capilla) una revisitación personal del género bufo del vodevil. Un acercamiento que con libertad y desde el espacio vacío busca tratar temas de alto vuelo, como la ilusión perecedera o la pérdida de identidad y búsqueda del sentido de la condición humana. Y esta búsqueda se agarra a la ligereza del teatro de variedades, a su tendencia a la parodia y a su estructura de pequeños números con transiciones en el que un juego de luces o la misma salida de los actores son suficientes. Con una estructura dramatúrgica limpia a cargo de Rita Natalio, la pieza parece querer construir desde el esqueleto mismo, deconstruido, del género del cabaret.
Arriesgado es de esta propuesta, sobretodo, que se trabaja desde un espacio desnudo donde tan sólo se cuenta con el cuerpo del actor, la luz y el sonido. Se prescinde de cualquier decoración y de cualquier artilugio. Queda así, el número reducido a su nada. La compañía trata desde esta desnudez de mudar, transformar, modernizar, reinventar. En la mayoría de las escenas la sensación es de limitación, de pobreza, parecen primar más las ideas de lo que se quiere hacer que lo que pasa en escena. Y qué pasa en escena, pues monólogos dichos en proscenio de escasa potencia poética, escenas de una teatralidad exagerada que se quedan en la enésima parodia que parecen intentar traspasar; y esperpentos con peluca que además quieren modernizarse por referencias en la música y la estética.
Un desastre que tuvo un pequeño paréntesis de aire fresco en una escena donde el espacio se llenó de hortalizas y frutos que luego se utilizan para un pequeño juego de transformismo al cubrir el cuerpo del actor con berzas, plátanos y demás frutos. Escena que el público que abarrotaba el pequeño teatro agradeció calurosamente.
La compañía decidió acabar esta propuesta de manera abrupta a la par que moderna con una caída de telón y un descubrimiento de un crucifijo en los atrases del espacio escénico. Imagen evocadora, de contraposición con lo expuesto, donde el peso del barroco y la tradición más oscura entraba en escena confrontándose a la composición florentina a lo Guiseppe Arcimboldo del último número de la que hablábamos. Final heavy para una propuesta nada resuelta, donde los códigos de lenguaje escénico no parecen clarificados y donde la sensación es de un teatro hecho con prisa, sin reposo, sin clarificación estética. Prueba de esta confusión es el hit bochornoso en el que se canta el revolucionario y melancólico “Gracias a la vida” de la Violeta Parra.
Preocupa al que escribe la programación última, pongamos cinco años, de este espacio tan poderoso y enmarcado que es el teatro Esther de Carvalho. Es difícil dar con una relación entre las maneras de creación escénica actual y la implantación de éstas en un espacio tan tradicionalmente teatral como es este teatro. En esta ocasión, “Mesure it in inches”, parece haber intentado hacerse con el espacio en lo que ha durado su residencia. Y, aunque con pequeñas luces, cae este espectáculo en lenguajes de un teatro repetido, plano y aburrido donde además uno se pregunta dónde quedó la vida expansiva y popular del cabaret.