10.8.11

CRÓNICA | La contemplación del desastre

Texto de Pablo Caruana

fotografia de Susana Paiva

“Y sí, al final estos dos personajes que hacemos John y yo acaban pareciendo dos esquizofrénicos que vienen a profanar sobre un tema como Timor y no pasan de ser simplemente dos pibes extremadamente solitarios y violentos, locos. De ahí la última imagen en la que tiramos hacia una espectacularidad absurda, y queda flotando la soledad de cada uno en su casa, solo, agarrados a una banalidad increíble. No pasan de ser dos solitarios tristes, que solo hablan y hablan pero son dos ‘loosers’ que intentan una trashada, con guitarras, con explosivos, en plan ‘electric funeral’… Caramba, parece que estos pibes quieren hacer una revolución, pero sabemos que acaban en sus casas, solos…”
Paulo Castro, entrevista en Citemor 2011

Teatro político, politic theater, teatrrrrrrrrrro político. Cuatrocientos mil muertos en Timor, régimen comunista chino del 49 hasta hoy setenta y siete millones de muertos, comunismo soviético sesenta y dos millones hasta el 91, sesenta y dos millones en la segunda guerra mundial, tres millones en la guerra de Corea, millón y medio en Angola, un millón en la guerra de Yugoslavia, otro millón en la de Mozambique, novecientos mil en la Guerra Civil Española… Y dos idiotas, dos loquitos haciendo su puto espectáculo. Qué vas a decir, cómo y desde donde. Teatro político, carajo. Las ganas de poder hablar de la brutalidad de lo otro, de aquellos que se matan, que mueren sin razón alguna, de los que agonizan pero no por angustia existencial sino porque los humillan, los arrasan, los descuartizan, los pisan, no valen nada, se les aplasta. Y juntar eso con la locura mental propia del individuo, del desorden mental ante esa realidad que aunque se esconde en el día a día está bien presente, carcome, juntar eso con la soledad propia llena de impotencia y humillación ante la injustica social y ante la injusticia de simplemente haber nacido.
Puto micro y macro, juntarlo como la única manera del teatro político. Decía Castro en la entrevista que el teatro se reduce a lo que afirmaba Beckett, a un público que decide reunirse para contemplar un desastre, pero ese desastre no puede ser representado, tiene que ocurrir en escena. Este es el núcleo de “Massacre”, de esta obra hecha por dos hombres nacidos en Portugal, zarandeados por el mundo, por la edad, por las luchas pírricas a las que se enfrentaron, con algún espacio de aire conseguido, con diez mil perdidos, con tres o cuatro cicatrices indelebles, como todos.
Empieza la obra, Romão fuma, Castro tiembla, tiembla y baila –hermoso baile-, ya todo respira la estética del desecho, de un teatro que se quiere fuerte, que se constituye centrípeto, que irradia libertad en el pensar y hacer. El espacio teatral como campo de batalla, donde cabe todo, donde todo puede ser hecho y se decide ir al límite. Y eso no es fácil. El teatro tiene sus reglas, tiene muchos lenguajes, una combinatoria infernal de cuerpo, palabra, espacio, luz y energía donde todo se codifica. Tienes que jugar con códigos y jugar con ellos es siempre frágil, la materia con la que jugar siempre se arriesga a quedar en tontería, a caerse, a que no se sostenga.
Por eso, en este espectáculo que empieza y acaba con dos hombres solos en sus respectivos espacios de solitaria cotidianeidad (un salón con libros al fondo y una cocina hecha para el ritual portugués de la sopa), es clave la escena tonta, hecha desde un código liviano -dicha a público con chufla- de las cartas. Paulo y John reciben cartas, cartas solicitadas a parte de la inteliguentsia intelectual de la escena: Paul Auster, Jan Fabre, Rodrigo García, Edward Bond, Mickael de Oliveira… Acto por un lado de exorcismo, todo se ridiculiza, y acto que expone la reflexión meta-teatral que cuestiona desde donde es posible hacer en escena. Cuáles son las estéticas posibles, cuáles las lícitas, cuáles las apropiadas. Y también, o sobretodo, se quiere plasmar un mundo donde todo está en lucha, donde el hombre se mueve por reacción, también en el mundo intelectual hay arribismos, suficiencias, machismos, etc. Rodrigo los manda a la mierda, Liddell ni ha escrito, de Fabre se dice que está anticuado, Oliveira manda un sobre vacío como si nada pudiera decir en esto, de Auster Castro quiere sacar dineriño… Parodia hilarante que acaba en violencia, con Castro reafirmándose ante los ataques de Rodrigo, insultándolo, ventana de transición que utiliza el espectáculo para ir al espacio estético y ético que ha elegido: el de la violencia corporal y energética del trash. Suena una guitarra metalera, suben las luces, Romão se agarra a una palabra, bombs, y comienza un trabajo físico, de exposición corporal, en el que se escenifica el desastre, continuo, largo, de decibelios que se meten sin permiso hasta el hueso.
E interesante es la combinación en este trabajo de esa manera de hacer, corporal y visual, con otra de una mayor dramaturgia construida sobre el personaje. Hasta este momento de la pieza, “Massacre” ha transitado por un teatro posdramático, donde el personaje desaparece, donde prima el actor que habla desde su yo en escena y la política y poética escénica del cuerpo. Y es a través de una escena simbólica, en la que Castro entierra a Romão bajo baldosas lisboetas, en la que el código escénico varía. Romão es ya Timor, muerto y enterrado, Castro primero lo entierra, luego se viste de la policía federal indonesia y lo desentierra, luego le roba el dinero de los bolsillos y luego se lo folla en acto necrófilo. A partir de ahí la obra muta y se vuelve una locura donde los actores primero son de la policía federal indonesia, se escenifica la ignominia moral del torturador (es notable como esta parte de la obra recuerda al teatro de los setenta-ochenta argentinos, a ese teatro psicológico de Tato Pavlovsky), donde luego pasan a ser países-personaje, uno es Indonesia, otro Timor, otro pasa a ser los países del Este, otro Australia… La obra se agarra a un diálogo constante, rápido y veloz sobre la locura de la geopolítica, de las excusas morales de la política, vericuetos y piruetas mentales que tiene que hacer el hombre para soportarse, para poder justificar el fracaso ético que el género humano supone. Timor colonia, Timor descolonizado, luego invadido, luego militarizado, luego arrasado, lleno de fantasmas, Timor terreno de Naciones Unidas, Timor frontera del primer y tercer mundo, de la Australia del desarrollo que quiere tener buenas cancelas en ventanas y puertas, Timor sufrimiento culpable y real de los portugueses, Timor puta historia contemporánea del planeta.
De ahí el trash. Decía Castro que en Australia encontró exiliados timorenses que le daban al trash. En el espacio reina una bandera de la banda de metal Slayer. Es este mundo lleno de muertos donde Satán más que una negación de la bondad divina se vuelve una cordura exigente a través de la negación que es crítica, negación de la bondad cristiana que es aceptación del crimen sistemático, afirmación de la violencia que es resistencia. Y es esa violencia tratada en este espectáculo como respuesta frágil, que si bien no entra en liza ni puede contestar a la violencia real, la que se erige en espacio de resistencia ética. Respuesta que no va a conseguir nada, que no soluciona pero que es en cierta manera la respuesta que le queda al individuo, la de la denuncia que además dice “aquí estoy, y no me derrumbas, aquí estoy y como te acerques muerdo, ya estoy loco, y mi locura es mi arma, mi fuerza”. Por eso, en toda lógica, acaba el espectáculo en ritual del metal, en un absurdo de espectacularidad en luz, llamas y energía corporal. Bueno, la obra no termina así. Después de ese “ritual de lo habitual” a lo Perry Farrel, con música de Slayer, Castro y Romão vuelven a sus habitáculos, habitáculos de la derrota, esos donde en vez de espacios de libertad individual son tantas veces pequeñas prisiones de soledad e impotencia. Ahí acaba la obra, en derrota.
Hoy comienzan las cinco funciones que la obra tiene en el ZDB de Lisboa. Luego, a principios del 2012 la obra viajará a Australia. Cabe resaltar, por último, el acierto de ver a Castro colectivizado por 84 y a Romão engullido por el psicologismo esquizo de Castro. Todo un encuentro.