6.8.10

CRÓNICA | Uma pequena nota

texto de Pablo Caruana Húder


fotografia de Susana Paiva

Una pequeña nota a esta puerta, a este orificio de entrada que es “La Mujer de la Lágrima”. Primera pieza de “Anatomía Poética”, proyecto que consta de seis piezas escénicas y cuatro trabajos audiovisuales en el que lleva enfrascada la coreógrafa madrileña Elena Córdoba.
Ayer, en una noche quieta, en el Teatro Esther de Carvalho, una pequeña danza, de pies quietos pero volada, llegó en voz baja. Es este el primer trabajo en el que Córdoba volvía a bailar después de mucho tiempo, sino me equivoco desde “Sin correa” (2002).
Es el primer trabajo en el que Córdoba decide trabajar con el interior del cuerpo. Pero funciona como prólogo, como el encuentro de la creadora (acompañada de María José Pire en escena) con la dimensión carnal, efímera y moribunda pero llena de vida de su cuerpo. Primero ambas bailarinas trabajan sobre una acción que muestra el desmayo, la pérdida de control, ante lo que ese encuentro significa. Un encuentro frente a lo anatómico lleno de repulsión pero donde el cuerpo también se deja ir placidamente.
Después llega ese encuentro, esa pequeña danza en la que Córdoba con los pies asentados e inmóvil de cadera para abajo comienza a explorar, a sentir, ya no a través de las láminas o figuras de cera que reproducen el cuerpo humano, sino a través del suyo propio. Una danza que se cuestiona sintiéndo lo qué es este infinito saco que nos alberga. La obra tiene más prismas, aristas y profundidades. Pero quiero quedarme en esa danza de pocos minutos.
Su danza, de dedos móviles que escrutan al comienzo, de brazos que se extienden y buscan abarcando inmensidades, se pregunta. Al final se acompasa la respiración, el pecho, el estómago, las venas y los cartílagos. En esa danza de ojos cerrados, íntima, no espacial, parece preguntarse Córdoba reflexiones eternas, presocráticas – qué es el movimiento, qué desplazar, de qué estamos constituidos, qué es la materia, la inerte y la viva que me conforma –, pero preguntárselas no con la razón y el sentimiento divididos, sino con la “razón trascendiendo” (la obra es clara en esto, en varias de las piezas audiovisuales que forman parte de ella se lee a San Juan de la Cruz).
Y ahí está Córdoba, con su cuerpo envejeciendo y sujeta a esa introspección vuelta danza donde el movimiento es pregunta y cuerpo, entrando poco a poco, cargada de sensualidad introspectiva, solitaria, soltándose a ese viaje en el que todavía sigue embarcada, “Anatomía poética”.
Después de esta obra llegarían otras, de las que se verán dos en Citemor, una de ellas estreno (ver programa). Llegarían obras donde ya se parte del estudio interior del cuerpo humano. Pero me quedo con esta ventana-baile por la que Córdoba decidió meterse, un hueco que ayer noche revisitó y que hoy sigue dando razón de ser a todo el proyecto. Con ese pequeño baile y con una imagen, con esa mujer de una sola lágrima en su mitad abierta, una estatua de cera pérdida en una vitrina museística parisiense. Destinada para el estudio científico pero que alberga una hermosa tristeza quieta.
No se trata de un rollo sentimentaloide de volver ver a bailar a una bailarina que lleva tiempo sin estar en escena. Sino de entender que no podía haber sido de otra manera, que se tenía que pasar por ahí, de poder disfrutar la gran consciencia con que se vuelve a pisar y a hacer.
Así que eso: el pequeño teatro de Montemor asentado en la noche, lleno y en silencio, con Córdoba haciendo que el baile sea acontecimiento y llevando a toda una platea quieta a ver, a contemplar y compartir esa posibilidad del ser humano de juntar pasión y consciencia, sensualidad y trascendencia, carne y verbo.