27.7.10

CRÓNICA | O poder simbólico da poesia cénica

texto de Pablo Caruana Húder

fotografia de Susana Paiva

“Hacer invisible lo invisible”, decía Artaud siguiendo las “correspondencias” de Baudelaire, esa insistencia del francés en encontrar “las secretas afinidades entre el mundo sensible y el mundo espiritual”.
Un arte teatral que aspire a crear un espacio capaz de “escapar del tiempo”, de atrapar lo inasible, de hacer presente aquello que no podemos expresar, explicar. Teatro como arte total: escritura, pintura, imagen, sonido y presencia en acción.
Ese es el camino al que se enfrenta la apuesta de la compañía de Susana Vidal presentada esta semana en Citemor, “Simulacros”.
Camino en el que Vidal opta por la capacidad simbólica de las imágenes y acciones unidas a un texto confesional, poético, psicológico y reflexivo que sobrevuela las angustias de la esfera íntima de esta creadora. Como digo nada malas herramientas como principio motor y estético y que ahonda en el camino elegido en los últimos tiempos por esta creadora con trabajos anteriores más performáticos.
La temática abordada: la fragilidad del ser humano acrecentada por la simulación contemporánea, pero no sólo en su acepción política (la hiperrealidad a la “Baudrillard” en el que la sociedad ha creado un mundo más “real” que el REAL), sino en la memoria individual y emotiva de la creadora (capacidad de autoengaño, de modificar –por miedo o conveniencia- hasta el recuerdo más íntimo).
Pero lamentablemente la obra no parece llegar a los puertos que anhela.
La obra, como decíamos, utiliza el simbolismo en su concepción escénica que no en su escritura. Pero vayamos por partes.
Es curioso que el simbolismo, como corriente artística, surge en el XIX justamente como reacción el realismo y el naturalismo. “Hacer una representación de lo real, una obra naturalista, sería querer hacer una copia de la vida, una simulación”, diría un “baudrillano”. No es por tanto una reacción ilógica la de “Simulacros”.
Una de las herramientas más certeras del simbolismo es la metáfora. Y quizá uno de los primeros impedimentos en la obra de que el público pueda “comulgar” con el lenguaje propuesto es que el poder simbólico utilizado, al estar demasiado transitado, ha perdido fuerza. Sirvan dos ejemplos:
Primer movimiento de “Simulacros”: Después de un prólogo histórico en el que bajo notas de “Ay Carmela” vemos a dos milicianas estáticas, nos adentramos en el mundo personal de Vidal. Un mundo que va a predominar el resto de la obra. Ahí, con olor a Ciorán, una voz en off dice: “A nena vai caier / A nena va cair / A nena caiu”. Vemos seguidamente dos actrices surgir en una rampa que atraviesa todo el espacio, van con máscaras, con movimientos de otro mundo van deshilachándola. Aparecen sus caras y la mirada. Cae el velo. Imagen que nos retrotrae directamente a Maya, a “El mundo como voluntad y representación” de Schopenhauer, imagen más ilustrativa que evocadora, que no tienen la libertad de la metáfora pura que cuando pone en relación lo real con algo “evocado” ilumina.
Quizá se pueda tachar este argumento de atrofiado por excesiva “capacidad referencial”. No lo creo, pero pasemos al segundo ejemplo. Las actrices suben la rampa y caen por ella hacia un muro en el que son continuamente fusiladas. En un momento una de ellas coge una gran piedra y la arrastra rampa arriba. La unidireccional significación referencial a Sísifo constriñe.
Son dos ejemplos de metáforas escénicas lastradas por su bagaje referencial pero que denotan que quizá la compañía no ha tenido el suficiente tiempo para encontrar un lenguaje propio que asuma libertad. El uso de ahogos con telas para ilustrar angustia, de una “bomba humana” para un texto que en el que una mujer se obsesiona por ser perfecta en todo y explota al grito de “Eu sou uma mulher moderna”; o la escena en que ambas actrices descienden la rampa a cámara lenta “simbolizando” la vida como una competición angustiante y sin sentido en el que el hombre es capaz de pisar por ganar, abundan en la misma dirección.


fotografia de Susana Paiva

Como se puede colegir por lo antes dicho la obra se teje en sucesión de acciones metafóricas en un espacio abierto al símbolo. Acciones que son cruzadas por los textos escritos por la creadora. Textos de gran carga poética en los que Vidal en primera persona va exponiendo sus reflexiones sobre como el miedo, la fragilidad y el no querer afrontar van minando la lucidez y fortaleza del hombre, su capacidad de vivir en definitiva. Los textos oscilan entre la confesión íntima y la crítica de los usos y defectos del hombre contemporáneo incapaz de desmarañar la irrealidad que se ha construido.
Textos que al estar dichos todos de manera dramática, incluso trágica, hacen que su recepción sea plana. La manera sentida de decir unos textos de esta naturaleza en un teatro no sujeto a una historia lineal y en un espacio como el de “Simulacros” es especialmente complicada. Cada uno debe encontrar su sitio y ser consciente de su relación con el anterior y posterior para así poder dar un ritmo a la obra y una comprensión clara del significado de cada uno de ellos. La recepción, al estar dicho en un mismo registro todos, es doblemente plana en este tipo de teatros y como decimos oscurece su significado, lo encripta, hace que su comprensión por parte del público sea más difícil.
Por supuesto que se puede utilizar un registro trágico y declamatorio, y que éste sea efectivo y de en la diana. No se trata de un rechazo a cierta manera de decir. Pero la uniformidad hace caer a la obra en un Tedeum donde el significado se empasta. Es una pena ya que hay algún texto como el de “Comer sonhos” de calidad literaria especialmente aprovechable.
Dos problemas más se suman a que esta obra, que crea una relación valiente y exigente con el público, no pueda retomar vuelo. Una de ellas es el uso de la luz que en muchas ocasiones (como en la escena del Mito de Sísifo o de la “mujer bomba” con unas apabullantes luces intermitentes) buscan recalcar a través del efecto. Efectismo que baña los cuerpos la mayoría de las veces a contraluz, resaltándolos, más que entendiéndolos. La luz sea añade así subrayando a la manera de decir de la que antes hablábamos y al trabajo gestual que también opera en consonancia “trágica”.
La sensación en “Simulacros” es el de una fuerza y dramaticidad que se desvanece antes de llegar a platea. La de una sensibilidad forzada. Numerosos movimientos fragmentados, caídas, subidas y muertes se van sucediendo en un escenario que las actrices atraviesan con dificultad volitiva y manifiesta. La obra recorre así diferentes espacios mentales que al estar trabajados en la misma dirección quedan no diferenciados, difíciles de distinguir y apreciar.
El otro problema, que explicaba Vidal en la entrevista también publicada en este blog, es la falta de tiempo.

“Necesitaría otra semana. Hay una cosa que me enfurece, parece que montas y ya se acabó. Siento todavía la fragilidad de ritmos en el espectáculo. Han sido 15 días, así nos lo planteamos, lo teníamos claro, y gracias al ritmo que propicia Citemor hemos podido sacarlo adelante. Pero partimos de una situación muy precaria, sin ayudas, sin ninguna subvención”.

Una situación que quizá explique varios de los argumentos de esta difícil crónica. Pero que deja una pregunta en el aire: las estrategias de creación, la adecuación de lo que uno quiere y puede hacer con lo que tiene en ese momento. Quizá la estrategia de lo mínimo, de lo pequeño, muchas veces sea buen camino.
Otro de los caminos esbozados en la obra es el de cómo la memoria política e histórica que nos atraviesa incide en nuestras vidas personales. La obra está dedicada al abuelo muerto de la creadora, hombre republicano que murió el primer día de la Guerra Civil y sobre el que cayó un manto de silencio que Vidal en los últimos tiempos ha podido ir levantando un poco. De ahí el principio miliciano, de ahí los fusilamientos. De ahí el final de la obra que acaba con músicas de la época. Queda así la obra englobada entre estos dos momentos. Pero aunque así explicado pueda tener sentido claro, el de un universo personal encerrado en un no recuerdo, atrapado en una fantasmagoría de identidad mutilada, en la obra queda escondido, encriptado.
Cómo se interrelaciona lo público, lo político con lo personal, el dolor contemporáneo de los Estados del bienestar con la situación política, con el dolor ajeno en el presente y la injusticia pasada, es uno de las vetas más interesantes de la creación contemporánea y uno de los verdaderos interrogantes éticos a los que se enfrenta el creador hoy. En “Simulacros” esa veta explicita que se centra en como el pasado próximo de la Guerra Civil Española influye y determina nuestra identidad, está más planteada que transcurrida. Pareciera que incluso no se ha querido adentrarse en ella. Una opción válida pero que en el total de la obra queda como un tema no resuelto que el público no sabe cómo afrontar, cómo leer.