3.8.09

DERIVAÇÕES | Todo debería cambiar

fotografia de Susana Paiva


Todo deberia cambiar. Volver a escribirse desde el principio. Deberia volver a escribirlo todo, a pensarlo todo.
Esa es la idea: permanecer quieto, durante meses y después volver a empezar, o mejor, empezar a secas, sin volver a ningún sitio.

Arrastrarme por un tiempo muerto.

De vuelta a Montemor después de un año, paseo por las calles que entonces vi pero apenas descubrí. Me veo también a mí mismo, azotado por el viento y la intensidad del trabajo. Veo un hombre extraño: yo mismo caminando con la cabeza baja, deprisa, con un rumbo siempre preciso trazado de antemano.
Que diferente ahora, vagando sin rumbo y descubriendo historias y aromas en cada esquina, en el cielo azul, en las orillas del río.

10.000 años, la obra que presente hace un año en Citemor, habla de la destrucción. De la demolición.

Sobre las ruinas y las cenizas de aquel trabajo, intento escribir y trabajar ahora.

El hombre ciego protagonista de 10.000 años era para mi la encarnacion de una “mirada”, valga lo paradójico. Mirada a un tiempo que se agota, a una realidad que no se observa sino que se “siente” y en las palabras del hombre ciego había un deseo de nombrar por última vez, de hacer visible algo antes de desparecer. El hombre ciego estaba preñado de imágenes del pasado que era necesario nombrar antes del final.
Otro de los personajes de la obra, El pintor, retrataba obsesivamente la realidad y las imágenes que la escena generaba. En un momento de la obra muestra su trabajo al hombre ciego que toca con sus manos los dibujos del pintor mientras este le habla de las ausencias presentes en ellos, los cuerpos que no están pero se presienten
Presencia y ausencia, visibilidad e invisibilidad, la realidad percibida de manera intensa para nombrarla o representarla a su vez de manera intensa.
Ese es para mí el trabajo del artista: una mirada a la realidad de las cosas y una manera de nombrarlas o re-nombrarlas para devolverlas, más reales que la propia realidad. Para hacerlas visibles.

10.000 años es una obra ruidosa plagada de cosas no dichas, un relato incompleto.
Alrededor de una hoguera, hombres y mujeres se reunen para cantar y contar historias. Así de simple y antiguo.
Puede que queden cenizas en el suelo del castillo pero todavía no me he atrevido a subir allí.

Cada obra se compone de un material intangible de sueños, obsesiones, deseos, ideas o conceptos que buscan nombrarse de forma eficaz, de forma coherente. Y más allá de eso, la posibilidad de llevarlo a cabo, de encontrar el vehículo adecuado para hacer visible lo invisible.

Citemor hace posible lo imposible. Pone en manos del artista el espacio, el tiempo y la confianza necesarias para llevar adelante esta extraña tarea. Más allá de los medios materiales está el apoyo y la confianza absoluta en el artista sin ningún apriori, poniendo todo el esfuerzo en la obra y su desarrollo.

Pienso que el apoyo a algunos artistas españoles por parte del festival ha hecho posible trabajos que de otra manera no hubieran visto la luz, o no de la misma manera.
De los más recientes, la hermosísima performance sonoro-acuática de Nilo Gallego que vi ayer, y el verano pasado el intenso trabajo de Lengua Blanca, dando un salto superlativo en su trabajo con las imágenes escénicas o el mío propio, permitiéndome trabajar con un amplio equipo de intérpretes y músicos, entre otras cosas.
Los tres hemos podido tener a nuestra disposición una organización y unos medios impensables en nuestro país (para nosotros, claro, para nuestras propuestas). No se trata tanto de medios materiales sino de una disposición hacia el trabajo creativo, del establecimiento de un diálogo y una escucha con el creador absolutamente indispensables para trabajar con la confianza y la libertad necesarias.

Nadie arriesga tanto en España. Lo que en mi país llaman “residencias de creación” no son más que espacios vacíos a disposición del artista con un horario de oficina y, en algunos casos, una dádiva que apenas da para cubrir los gastos más elementales. Con eso se pretende fomentar la creación y cubrir el expediente del “apoyo a artistas”. Lo mismo ocurre con las co-producciones que en la mayoria de los casos (los pocos casos) se trata de cachés adelantados y poco más.

Vuelvo a las cenizas. Al tiempo muerto. Al cansancio.
He tenido la posibilidad de desarrollar un proyecto escénico en unas condiciones óptimas para mí. Pero mi realidad es otra. El sueño de Montemor se diluye y toca fondo al llegar a Madrid y después de su presentación en el Festival Escena Contemporanea. Debería haber soñado otra cosa. Pero no. Los nuevos sueños empiezan ahora. Sobre las cenizas de la hoguera donde ardieron muebles, sudor y anhelos.

Carlos Fernández