9.8.09

CRÓNICA | Apuntamentos sobre "im-"

fotografia de Susana Paiva


Primera pieza que veo de Camacho en vivo en este fin de semana portugués (la otra compañía programada es Colectivo 84, dirigida por John Romão). Difícil hablar sobre una persona con tanto atrás y que además en este caso ha hecho dupla con Vera Mota, artista plástica y performer que se mete en escena con todas las consecuencias y toda la actitud. Por eso, con sigilo, me permito unas breves notas desde el desconocimiento y los ojos abiertos.

Notas:

Presencia y técnica, actitud y… un cuerpo trabajado. Vera Mota y Francisco Camacho. En escena. Ese contraste está ahí, operando en todo momento. Y es curioso que Vera sea vertical y ligera, perdida en sofistificación de feminidad ausente; y Camacho, por el contrario, sea temblor indeciso, espasmódico, horizontal, enfermo de duda en un espacio que lo asusta.


Los desiertos de Dune, el peligro que acecha desde el subsuelo. Sin el mundo de la aventura de Frank Herbert pero con la extrañeza, el tiempo entre la pesadilla y la realidad, del Lynch de Lost Highway. Perdón por las citas cinematográficas, no es cosa buena, a mí me suelen disgustar. Pero en este caso es una buena manera de explicar el tiempo y el universo de la primera parte de “im-“.

La pieza está dividida en tres escenas, la segunda de ellas interpretada por David Marques y Patrícia Milheiro. Una escena que si bien tiene en un principio hilos de contacto con las otras dos escenas donde operan Vera Mota y Francisco Camacho, está concebida con un lenguaje disímil, diferente al resto de la pieza. Sigue estando el mundo irreal, lunar, donde opera la imposibilidad del encuentro entre los seres, hay una continuidad estética, incluso cromática, pero en esta escena de seres azules, robóticos, el lenguaje se vuelve irónico y explicito. Si bien toda la pieza es milimétrica, esta escena parece compuesta, empieza y acaba, mientras que en las otras dos parece interesar más el rastro, el pasar eterno de los cuerpos aun cuando estos ya se han ido, la permanencia.

fotografia de Susana Paiva

Tercera escena: La imposibilidad de hacer, de parecer, la voluntad de la dejadez, del dejar pasar, fruto y pan de los que están y se saben solos. Las diagonales en el espacio de danza como si fueran líneas de vida… Cómo transcurrirlas. Desde la simulación etérea y vertical o desde el espasmo ridículo del que ya conoce que accionar es inservible…
Y el infierno de la movilidad, de la imposibilidad de estar siempre quieto, de no poder no moverse, de al final estar abocados a moverse, a continuar. Todo esto brota sin ser dicho, sin explicitarlo, con una narrativa no exenta de humor, de un humor tampoco dicho, con un tiempo lento donde poder mirar e ir uniendo. Se trabaja con la sutilidad en un espacio nítido. Se elige la parquedad de elementos. Una peluca, una tonalidad en el vestir, un espacio limpio, un fondo vacío. Dónde está el corazón, el ser humano, en esta pieza sin rostro.

Acaba la obra con música sesentera (Where Have All The Flowers Gone, cantada por Joan Baez) y setentera (Like A Hurricane, de Neil Young). Época en teoría vital y de cambios. Bajo esa sonoridad se contraponen el cuerpo vertical e ingrávido de Mota y el cuerpo enfermo y espasmódico de Camacho. El contraste funciona y nos da distancia para ver estos cuerpos de hoy, para vernos. La actitud se vacía de sentido, la verticalidad parece vértigo, miedo sostenido. El espasmo se convierte en gesto omnipresente.

Pablo Caruana Húder