4.8.09

DISCURSO DIRECTO | Katsunori Nishimura

fotografia de Susana Paiva

HOMBRE, JAPONES. ROJO. LOCURA.


Katsunori Nishimura es un tanto incontenible. Incontenible tocando, haciendo tres sonidos en cada golpe, sin poder parar; e incontenible en la conversación, con un deje japonés y siete mil castellanos. Katsunori lleva en España desde 1972. Hoy es uno de los grandes percusionista de nuestro país. De formación clásica él sigue agarrado a la investigación y lo que él llama “divino infantilismo”. Desde hace algunos años vive en León, donde han sabido comprenderle y acogerle. Llegó al festival de Citemor dentro del trabajo que Nilo Gallego presentó en el río, “Pigmeus do Mondego”. Con su generosidad y su energía llenó las noches del festival de conversaciones y ritmos. Capaz de tocar con un alfiler en un desierto, hablamos con él en una larga conversa en la Praça de la Republica de Montemor.


-¿Cómo llegaste a España?

Katsunori Nishimura: En el año 1972, tenía viente años. Estaba estudiando en Tokio ingienería de caminos y vi unas clases de español. Mi profesor fue un jesuita murciano, tuvimos mucha amistad y un día me dijo de ir a Murcia, que me presentaba a una familia. Yo tenía intención de quedarme un año o dos… como preparación. Y por circunstancias, yo había tocado la batería en el instituto, me metí en el conservatorio de Murcia. Me metí y poco a poco decidí que iba a cambiar mi vida, que la iba a dedicar a la música.

¿No pensabas que ibas a acabar en la música cuando estabas estudiando?

Nada. Cuando entré en la universidad se me olvidó todo sobre la música. Yo estudiaba poco, poco, suspendía mucho. Nunca he hecho nada de ingeniería, nada.

Bueno, estabas en España…

Viví seis meses en Corvera, un pueblo entre Murcia y Cartagena, allí había un profesor, Don Ginés, que empleaba flauta, trombón, piano, percusión… Ese choque empezó a crecer en mí y quería aprender más y más. Y un día me encontré con uno de los mejores afinadores de pianos de Japón que trabajaba para Yamaha. Él, desde que nació, había estado tocando el chelo, una educación severa, hablamos mucho, me contagió en tres días su pasión por la música. Y me metí a la percusión, me cambió la vida. Y no he parado, día a día sigo profundizando. Al año siguiente fui a Madrid a seguir los estudios del conservatorio, donde me dio clases José María Martín Porrás. Su padre, que había sido el director de la Banda de Madrid, era autor del pasodoble dedicado a Marcial Lalanda - http://www.youtube.com/watch?v=7AfPb-mPJrU -, cosa que descubrí más tarde. Bueno, Martín Porrás ha sido el padre de la percusión en España, eso sin duda. Además, la escuela estaba al lado del Teatro Real, el único sitio donde había conciertos en Madrid. Y allí formamos el Primer Grupo Estable de percusión de Madrid. Con Carlos Chávez en el Centro Cultural Catalán dimos el primer concierto. Fueron seis años muy activos. Luego ya aprobé como timbal solista de la Orquesta Clásica Canaria y me fui para allá. Pero me cansé enseguida, el tiempo era siempre igual, no me gustó nada.

Era otra isla como Japón…

Eso... Así que hice una oposición a la Orquesta Ciudad de Valladolid, que dentro de España era pionera. Fui y aprobé y ahí he estado hasta hace cinco años. Hicimos muchas cosas buenas. Entre otras cosas me acuerdo de Don José Luís Truina que nos escribió una obra basada en una poesía de Miguel Hernández (“La canción del antiavionista”) que se llamaba “Objeto de voces y quinteto de percusión”, era muy buena obra pero ya sabes en España de una obra va de su composición directamente a la tumba. Otra que recuerdo fue “Espejos” de C. Halffter, era para cuatro percusionistas, cinta magnetofónica y bafles escondidos. Era muy buena. Hubo una época en que los compositores escribían para nuestra orquesta y que no lo hacían nada mal.

¿Y cómo has acabado en un proyecto tan diferente como este de Nilo Gallego?

En Valladolid conocí a una compañía, Teatro Corsario… Y un grupo pequeñito que se llamaba Grupo La Ventanita, allí conocí a Nilo Gallego, era actor y bastante bueno. Me fui poco a poco metiéndome. Pero antes de venir a Valladolid tuve dos participaciones que estuvieron muy bien. Estuve como segundo percusionista en la obra “Salomé” de Lindsay Kemp, en Madrid. Venía con ellos un percusionista japonés y como lo conocía fui a saludar y me dijo “súbete a improvisar”. Él estaba haciendo improvisaciones con ritmos de jazz rock y me dije que no iba a hacer lo mismo, creo que cualquier artista tiene que decir algo interesante, así que pensé en meter polirritmos y politímbricos, es mi recurso, que no tiene mucha gente, es otro ritmo. Y ahí me subí, poco a poco fui subiendo y me excité, acabé muy arriba. Y fliparon, todo el mundo gritando y Kemp vino y me abrazó: “This is fantaaaaastic, nice to meet youuuuuu…”, ya sabes cómo hablaba. Y me metieron en el espectáculo, era el principio de los ochenta. Y luego me metí en un montaje de Francisco Nieva, en “Los baños de Argel” de Cervantes, en el María Guerrero, en el Centro Dramático Nacional. Lo que me gustó mucho con Kemp es que tenía tal libertad en los ensayos… Con Lindsay hasta el más pequeño, el más joven, opinaba, había tal libertad. Yo cada día llevaba un instrumento raro, me acuerdo que el último instrumento que llevé para un baile de convulsión fue un paraguas, lo abría y lo cerraba. Esa libertad de creación no la había conocido nunca, fue un mes maravilloso. Luego he conocido a tantos mediocres que hacían tantas chapuzas, con Nieva también había toda la libertad del mundo. Hay una zona de locura en el cerebro que los neoplatónicos llamaban “fiebre de vino”, yo también lo llamo “divino infantilismo”, siempre tener un niño ahí. Nieva y Kemp tenían ese niño y yo les entendía, también estoy por ahí. Siempre han dicho: genio y locura, una hoja de papel. Y tienen razón, el artista capta tales vibraciones, tan altas, que es muy difícil expresar esto en la vida normal. Si lo haces en la calle, en la oficina eres loco pero si lo haces en el teatro ya no lo eres. Como Glenn Gould… A mí en la época del conservatorio Bach me parecía lo más aburrido posible. Muchos decían que era Dios. Pero cómo que es Dios… Un día estaba en casa, pongo la radio y de repente oigo un chelo, era la Suite número 1 para chelo de Bach. Me impactó muchísimo, fui corriendo y cogí un cinta y empecé a grabarlo. Cuando acabó la pieza la locutora dijo: interpretado por el gran chelista Pablo Casals - http://www.youtube.com/watch?v=VhcjeZ3o5us. Me quedé atónito, no era aburrimiento, era pasión pura. Me abrió a Bach, luego compré discos y fui a conciertos y me aburría otra vez. El arte es revivir y muchos artistas no lo hacen. Y me aburrí hasta que otro día puse la radio y me dije qué es esto, corrí a grabarlo otra vez y al final dijeron: hemos ofrecido “Variaciones Goldberg” por el canadiense Glenn Gould - http://www.youtube.com/watch?v=g7LWANJFHEs. Era un Bach moderno a más no poder… Y otra vez fui a conciertos y me aburrí. Pero busqué en el mundo de grabaciones y encontré la Suite para orquesta dirigido por Otto Klemperer, su Bach siempre suena trágico; y más tarde, encontré las Cantatas de Bach interpretadas por Karl Richter. Un crítico decía que las Cantatas de Bach oídas por Richter eran regalo del cielo… Es verdad. Y yo ya empecé a mosquearme: Bach por Pablo Casals es pasión, Bach por Glenn Gould es algo moderno, Bach por Klemperer es tragedia; y Bach por Richter es regalo del cielo. Y todos son Bach, el mismo Juan Sebastián Bach. Luego aparecieron especialistas de Bach y yo me reía, eran aburridos pero seguía preguntándome porqué Bach es así. Me lo sigo preguntando.

¿Has tenido amores, tienes familia, está toda en Japón, eres un hombre solitario?

Bueno, últimamente como mis padres son mayores, 85 años, estoy preocupado y cada año vuelvo… Amores, sí, sí, claro, claro…

¿Cuál ha sido tu gran amor en España?

Varias, pero una chica que vivía en el pueblo en Corvera… Puff, puff, es que me perdí. Yo tenía veinte años, ella catorce, se llamaba Encarnita, era la hija del carnicero y ese año fue la reina del pueblo. Yo le regalé un kimono de verano, tengo la foto ahí. Por aquella época estudiaba muchas horas español pero estaba tan obsesionado por ella que no podía ni abrir los libros. El maestro del pueblo me dijo que me fuera a Murcia, que me buscaba una familia porque no estudiaba nada. Aquella historia fue la más potente que tengo en el recuerdo. Y es que ese pueblo fue muy fuerte, era el año 72, imagínate, yo estaba, se puede decir, todavía en Japón… Ahora, en cierta medida, añoro ese tiempo, la gente era amable y más humilde… Y cómo cantaba la gente, muchíiiiisimo. Me acuerdo del primer verano en Torrevieja, todas la familias tenían una guitarra, claro, no había walkmans y había tan sólo dos televisores alemanes grandotes en todo el pueblo. La diferencia con Japón era abismal. El tren llegaba con cinco horas de retraso y era normal, entrabas en un compartimiento y parecía Londres, cómo fumaba la gente, pero enseguida hacías amigos y cantabas. Añoro, añoro.

¿Eres un poco obsesivo?

No, depende de las cosas. Cada día menos, ya soy mayorcito y todo se va reposando. Es verdad que por mi carácter, que si puede ser obsesivo, si estoy tocando y empieza a sonar no sé parar. Mi centro de la vida… Hay una frase de un presocrático que me encanta. Jasper decía que cinco, seis siglos antes de Cristo fue “el siglo axial”, y tenía razón, estaba Grecia y Buda y Confucio y Laotsé… Bueno, pues Tales de Mileto decía “conócete a ti mismo y nada en exceso”. Creo que eso es muy grande. No soy religioso pero me acuerdo de leer mucho en la época de Madrid y esto de conocerse por dentro, nuestra materia oscura es algo infinito. Me acuerdo que cuando era un niño, con ocho años, mi abuela, que tenía cataratas, en invierno me llevó a un templo a rezar, arrodillado. Yo quería parar pero ella no me dejaba, tenia mucho frío, frío, frío… Pero fueron pasando las horas y apareció en mi frente una pantalla de niebla. Y poco a poco empecé a no sentir frío, es como si lloviera torrencialmente en la calle y yo llevara puesto un impermeable. Eso me abrió mi ojo interno, me di cuenta después de muchos años, aquí en España. Tocando, muchas veces, aparece ese ojo, el que mi abuela me abrió, otro mundo interior, otro universo… Cada hombre es una deducción de todo el universo, dicen los físicos cuánticos, y lo han demostrado, eso es grande. El arte está hecho para explorar esa materia oscura, si centramos ahí, de ahí sacamos constante creatividad. Yo intento sacar de ahí.

¿A veces se bloquea esa vía?

Sí, claro que pasa. Después de estar tocando en orquestas durante años te das cuenta de que consigues cierta profesionalidad. Un amateur cuando está mal está horroroso, un profesional no baja de cierto nivel. Y cuando uno está bien, si es profesional se puede llegar muy arriba. Con el agujero negro ocurre un poco lo mismo, si quiero sé provocarlo.

¿Cómo es tu vida ahora en León?

Una vez a la semana voy a dar clases de percusión a la Escuela Municipal de Olmedo, también he estado en la Escuela de la Asociación de Música de Astorga. Yo salí de Valladolid desahuciado, nos obligaron a hacer una gira sin dietas, decidimos hacer huelga y al final la hice yo solo. Y salí en el periódico diciendo lo que había que decir, pero los políticos me ficharon y tuve que irme. En Valladolid ya tenía fama de ser rebelde y se puso muy duro trabajar, no podía pagar el piso y me desahuciaron. Me fui quedando en casa de amigos, pero no podía ser. Me acuerdo de estar en noviembre con dos maletas en la estación y sin saber qué hacer. Y me acordé de Chus Domínguez - http://trestristesfilmes.wordpress.com -, era amigo mío, me había filmado para un blog y le pedí ayuda. Me dijo que me fuera a León inmediatamente, que dormía en el salón. Estuve en varias casas, en la de Nilo también, y cogí un piso compartido por 50 euros. Pero no tenía agua caliente, cogí frío, estaba mal alimentado, me caí en la calle, me diagnosticaron diabetes… Ese fue el punto más bajo, vivía con 250 euros al mes. Era imposible, la gente me dejaba dinero. Toda esta gente de León me ha ayudado mucho. Luego ya fueron saliendo cosas.

¿Qué prefieres León o Valladolid?

Hooooooooombre, la gente en Valladolid tiene un carácter seco, irritante, tirante. En León es más suave, más amable. Pero una cosa es cierta, en todos mis años en Valladolid no he oído hablar mal de León nunca, en cambio en León, puff. Los de Valladolid siempre estarán diciendo que quieren esto y lo otro, pues muy bien, lo malo es que en León nadie dice nada, nadie se queja. El otro día con un amigo pensamos en hacer una asociación que se llamase QUEJAOS LEONESES. Así están las cosas, todos los leoneses que están capacitados están fuera de León. Yo soy de Omuta, de la provincia de Fukoka, en el sur de Japón, una región que tenía carbón y se fue a la mierda. Yo ya conozco. Y la gente que vuelve, sólo vuelve a tomarse algo al Barrio Húmedo y ya está. Eso me entristece un poco. Por ejemplo, lo que hace Chus o el propio Nilo creo que está dando mucha esperanza a muchos jóvenes.

Tu que tienes una formación distinta a la de la acción y la performance ¿Qué hilos de comunicación tienes con Nilo para poder encontraros?

Una es la percusión, Nilo toca muy bien, a mí me gusta mucho. Ese es un camino. Y el otro es que yo le he conocido cuando era actor en la compañía La Ventanita. Son estos dos hilos, la percusión y el teatro. Yo ahora tengo ya mi primera obra, bueno no está completa. Se llama “Mujer japonesa. Rojo. Locura”. No sé porqué me ha salido ese nombre. Recordé también la película “Madame Butterfly”, no sé porqué ha salido de mí. Parece que a través de Katsunori, que es percusionista y japonés, se quiere expresar la tragedia de la mujer, de una madre hacia su bebé. Con esto se está configurando mi obra. Hay una primera parte que se utiliza mucha perscusión, en Matadeón de los Oteros me pusieron un coche viejo y acabé pegando con el bate de béisbol, arriba, arriba - http://katsunoripercusion.blogspot.com/ -


Katsunori Nishimura en Matadeón de los Oteros en las fiestas de 2007. Colaboran Mirian Vega y María Quiroga.

Luego viene una otra parte, me pongo el kimono, me dejo el pelo largo, con campanitas empiezo a cantar una canción de cuna japonesa, cojo un bebé. Es la desolación, la canción dice: “Yo soy una mendiga, la gente es buena…”. Es una mujer pobre a punto de volverse loca, y se vuelve loca, agoniza y desaparece. Y ya en una segunda parte vemos a la mujer que se da cuenta de que el bebé está muerto, que no se mueve. La mujer le va tocando castañuelas para ver si reacciona, la pandereta, más instrumentos… Y de repente, el bebé llora un poco, empiezan los timbales, va subiendo el ritmo, al final se toca de todo y el bebé llora cada vez más. El bebé resucita y la mujer recupera la cordura. Ahí comienza otra vez la nana, el problema es que es un tono menor, es muy triste esa nana japonesa, y al final se me ocurrió meterle poco a poco “Tengo una muñeca vestida de azul”, es un tono mayor, alegre y además lo conoce todo el mundo. Esto lo probé, la segunda parte, en el MUSAC. Esto lo he hecho un poco en el río, ahora en la función de Nilo. He estado pensando en un final en el que a ella le pica una mosca, deja el bebé y la madre sola se mete en el río… Siempre tengo dos finales, felicidad o suicidio, pero yo lo dejo abierto, es mi táctica, lo decido según vaya el día, es una cosa buena para los músicos trabajar así, teniendo opciones. Para los artistas que somos artistas de “momentánea” es imprescindible.

¿Qué te parece Citemor?

Yo es que tengo una relación especial con Portugal. Cuando vivía en Valladolid muchas veces me iba a Oporto o a otro lado. Siempre que entro a Portugal es como si mi nervio se calmase. Y aquí son muy majos, además la comida me gusta. Pero sobretodo en Portugal me siento relajado.

2 ANÉCDOTAS:
EN MADRID, 1974

Tengo tantas anécdotas que me alucino. Llegué a Madrid justo el año que se cargaron a Carrero Blanco, venía de Holanda, me había ido el verano para ganar algo de dinero. No tenía piso, así que tiré de agenda y me fui a una pensión que me habían dicho y me puse a buscar piso. Aquel día, en el periódico, en portada, salían 21 fotos de los miembros del Ejercito Rojo de Japón. Así, que en la calle San Bernardo pregunté en el Ministerio de Justicia por la dirección que me habían dado, muy amablemente me indicaron y entonces salió un policía secreta, estaba escuchando, vio mi agenda, se acercó, me dijo que qué interesante, que me invitaba a un café, me preguntó por la mentalidad japonesa, estaba muy interesado y me invitó a entrar al Ministerio, yo ya me mosqueé mucho pero bueno allí fui. Me estuvieron preguntando, encantados porque estaban aprendiendo mucho y me invitaron a ir a otro sitio. Yo ya me mosqueé más, pero bueno. Ya cuando me metieron en un coche y se pusieron apretados dos policías, uno a cada lado, el mosqueo creció. Me llevaron a la famosa Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol, entramos hasta dentro con el coche. Ahí me puse nervioso. Fueron muy amables, pero venga a preguntar lo mismo: sacan mi agenda y venga a preguntar por una dirección que me habían dado en una fiesta en Canarias para ver un piso en Madrid que dejaban. Yo les explique la historia, pero nada, que porqué conocía a esa gente, que porqué, porqué, una y otra vez. Hasta que me negué a explicarlo de nuevo. Ya no cuento más, dije. Entonces los dos policías jóvenes se fueron y volvieron con un hombre alto, elegante, con barba, del que me dijeron: “Este es nuestro profesor”. Se presentó como catedrático de criminología de la Universidad Complutense. Y me dice que la dirección sale como uno de los pisos francos que utilizaron los que asesinaron a Carrero Blanco. Me quedé pálido. Creemos, dice, que usted es del Ejercito Rojo y tiene que contar hasta que esa duda se disipe. Miraron el cuaderno que llevo siempre con mis pensamientos, miraron mis baquetas por si tenían algo dentro, yo les decía que estaba estudiando percusión en el conservatorio… Pues toque algo, me dijeron. Y yo, claro, claro, y toqué, y uno de los policías que debía saber algo, decía: Sí, sí, este hombre toca muy bien… Al final, me dejaron ir dándome las gracias por mi colaboración. Así entré en Madrid.

BARÓN, HÉROE DEL TIEMPO
Yo me enteré hace dos años. Un alumno super rockero que tengo en Astorga me viene y me dice: Katsunori, tú hace treinta años el primer concierto de rock que diste fue en Bilbao, ¿no? Y yo, pues sí, no me acordaba. Y erais tres, ¿no? Pues sí, sí. Y al día siguiente me dijo, Katsunori ¿tú sabes con quién tocaste? ¿sabes quién es Barón Rojo? Y yo, sí, sí, sé pero no conozco. Katsunori, me dice, tú tocaste con serpa, con José Luis Campuzano, que al año siguiente formó Barón Rojo. Y sales en sus memorias en el capítulo seis que se llama “El chino” - Biografia Barón Rojo - (no se pierdan la crónica del concierto, es desternillante).
Era muy majo, era muy legal. Me alegro de que haya tenido éxito. Me gustaría encontrarlo alguna vez. Había otra generosidad, no había tanta competencia. Yo en vez de competitividad quiero complementariedad.

Katsunori Nishimura, actuará en septiembre en el Festival Mapa: www.festivalmapa.com

Pablo Caruana Húder