8.8.08

CRÓNICA: Deslizando nas pistas de gelo


Fotografia de Susana Paiva

Hace mucho que no veía un comienzo teatral tan sugerente, con una potencia que iba impregnándose no sólo en su momento escénico sino también a posteriori, durante todo el espectáculo.
Una pequeña pista de hielo de juguete que no sabemos de dónde viene, proyectada en el frontal del espacio, con reminiscencias de juego de principios de siglo en el que vemos a unas pequeñas figuras deslizarse, cada una siguiendo un camino propio, sin tocarse, pero formando cierta coreografía alegórica de la vida. Frío, deslizamiento y distancia.
La imagen es lejana, de viento nórdico, no de tierra de chopos… No sé porqué no podía parar de pensar en “El espejo” de Tarkovski. Pero a parte de una metáfora que atraviesa todo el espectáculo, este comienzo funciona también como una declaración de parámetros y como propuesta.
Declaración de parámetros porque esos muñecos deslizantes, pequeños seres que con rigidez creen seguir su voluntad patinadora, son manipulados por un ser extraño lleno de peluches. Ser que abre la obra dando palos de ciego por el espacio vacío antes de dirigirse a las pista de hielo. La imagen de este ser, aniñado pero decidido, no tiene una simbología ni un significado claro… No es “representativo”, la imagen no nos lleva directamente a ningún significado. El ser manipula los muñecos, hace llover gotas de sangre por la pista de hielo, los patinadores las evitan, las van tocando y aquella distancia, inevitablemente, va dejando rastros de sangre silenciosos. El ser tapa aquel micromundo con trozos de algodón… La imagen, cargada de simbologías que se encuentran, remonta y va hacia lo desconocido.

Fografia de Susana Paiva

El pacto con el público está propuesto: estamos en un terreno donde se busca imaginar por primera vez, repensar la realidad de nuevo, descargar toda acción y todo objeto de sus significados lastrados y mirar de nuevo, hacer de nuevo. Declaración de parámetros, poéticos y éticos, e invitación sintética al público.
A partir de ahí, la obra empieza a expandirse por el espacio. El vestido-peluche se cuelga del techo, allí quedarán los objetos de cada acción, suspendidos en el tiempo. Comienza la preparación de otra acción a la vista del público. Ana María García y Juan José de la Jara, los dos creadores de la obra y únicos intérpretes (a excepción de un trompetista al final de la obra que se convierte en gigante), van atándose unos palos a brazos y piernas. En el interludio entra un vídeo. Ahí comenzará un baile costreñido por las varas y lleno de libertad que se contrapone al muñeco deslizante sobre el hielo. Fuego y hielo, contradicción que nos conforma.
Repito, la propuesta y el pacto con el espectador son claros. Lengua Blanca, desde su núcleo más esencial –Juan José y Ana-, van proponiendo acciones, entrando en cada una de ellas sin prolegómenos, sin conectividad narrativa entre una y otra, sin correlación evidente, con un tiempo pausado e intenso, donde se muestra la preparación y se deja al espectador un espacio de contemplación activa y pensante. No hay textos proyectados, no hay texto en el actor, no hay transiciones entre escenas… Hay una vuelta, quizá, a trabajos anteriores pero desde el ahora. Un ahora que permite un avance en la síntesis, una depuración de un código y un lenguaje propios. Un lenguaje donde Lengua Blanca sigue apostando por un material netamente “escénico”. Ejemplo de ello son dos escenas claves en la obra.
Una llena de un humor lacerante, donde vemos a un hombre-piñata rídiculo huir del ataque de una niña-mujer vendada y con palo en mano. Al final, lo descabeza y una vez decapitado lo hace explotar. Una corona mortuoria sale a escena y también explota… Humor en lo rídiculo de un hombre desmesurado en cefalea festiva, contraposición con la violencia y con la muerte, contraposición de lo festivo con esa niña cargada con un palo, palo que vimos al principio de la obra batir un aire vacío, buscando y que ahora encuentra en el daño al otro… Todo se va cargando de significados abiertos, indeterminados en un primer momento y que el espectador va montando y desmontando para volver a montar en su cabeza.
Otra escena que demuestra con nitidez la propuesta de Lengua Blanca, donde además entra el video por primera vez en relación con lo que pasa en escena –antes los vídeos (tanto los de Clara Rockmore y su theremin, como las impresionantes imágenes que muestran la última técnica –Vacbed- del desfase fetiche sadomaso de nuestra sociedad posindustrial) son paralelos a la acción escénica-, es la escena en la que ante imágenes de enfermedades del órgano sexual masculino vemos a Ana María García abierta de piernas frente a una hoguera. La obra, en ese momento, se encuentra llena de acumulaciones, de significados que sobrevuelan, de fisicidad que pesa y significa… La obra está en un momento maduro y es ahí donde Lengua Blanca decide asentare en un terreno frágil, desconocido, y proponer con un tiempo expositivo largo esta acción de márgenes difusos, donde se abole la mirada constreñida por modos y usos y se propone un espacio nuevo, íntimo en cada espectador, donde poder mirar sintiendo y con libertad. Es quizá aquí donde la bateria escénica de la compañía consigue su objetivo, donde la obra rompe con el espacio y el tiempo, donde se abre una puerta. Caray, qué difícil es encontrar esto en este mar de mediocridad complaciente. Uno mira con distancia y se da cuenta, de los años de trabajo, de las decisiones de austeridad y de firmeza de la compañía, de todo el material generado, de tropiezos y de aciertos, de avances y estancamientos… Uno se da cuenta y cuando aquello está en marcha, cuando ves esa pequeña puerta que se abre y se te encoje hasta el alma y se te activa hasta la última neurona, todo se carga de razón.
La obra se perfila hacia su final concentrándose en los elementos de fuego y viento. El final nos deja un torbellino de tiempo, un pasar donde todo se cubre, donde todo se va.
Podrá hablarse de cripticismo, de dificultad de lectura. Yo me decanto más por asociacionismo libertario y poético. Por aquel territorio soñado por Apollinaire que quizá de una manera un poco tonta definió de esta manera: “el maravilloso encuentro entre un paraguas y una máquina de coser”. Siempre el referente literario, lo siento, qué se le va hacer. Por eso, decir otra vez que todo en “Las pistas de hielo” es escénico, cuerpo, materia, objeto, luz, espacio y, finalmente, propuesta. Por acabar con una cita teatral, decía Romeo Castelucci en entrevista: “Busco la imagen que queda suspendida entre otras dos, la que no vemos. Esos espacios entre las imágenes es la música de la forma, son armónicos que no se han tocado pero que resuenan. Mi teatro quiere encontrar esos armónicos y así penetrar en el corazón, en el cuerpo y en el cerebro del espectador”. Pues eso.

Pablo Caruana