22.7.07

CRÓNICA - Às costas com o teatro burguês

fotografia de Nuno Patinho



Um dia, algum jornalista decidiu assinar abaixo, separar a crónica jornalística da análise e sem o saber aproximar-se da teologia. Crónica é analise de proximidade, é orientar, explicar, esclarecer, concretizar, mas sem juízos finais.


ÀS COSTAS COM O TEATRO BURGUÊS
“Os Vivos”, de Teatro O Bando, escrito por Jacinto Lucas Pires

Ojos nuevos para un teatro largo. La compañía, Teatro O Bando es un colectivo nacido de la revolución en el año 74 y con más de 65 montajes a las espaldas. Colectivo básico para entender el teatro portugués, colectivo dedicado a la investigación teatral y dirigido por João Brites.
Bien, ojos nuevos, recién llegados y que nunca contemplaron ninguno de esos más de 60 trabajos. Así anda la relación España, Portugal. Creo que la companía tan sólo ha ido a Barcelona “once”, una sola puta vez.
Sí Montemor está guardado, custodiado, en lo alto por una imponente fortaleza medieval, este pequeño pueblo gravita en sus faldas alrededor de una plaza ancha, la Praça da República, espacio elegido por la compañía para llevar a cabo este particular experimento elaborado junto al dramaturgo Jacinto Lucas Pires. Hace un año, la compañía estrenaba en Palmela, localidad donde tienen su sede permanente, el primer acto de una comedia mortuoria: “Luto Clandestino”. Para Citemor, y como estaba planteado desde un inicio, se ha seguido desarrollando la comedia. La compañía durante 15 días, en régimen de residencia, ha creado está segunda parte en la misma Praça, haciéndose así con el espacio y sus gentes.

Triángulo Post mórtem
La obra ha quedado dividida en dos. La primera parte estrenada en Palmela en el 2006, se desarrollaba en una calle aledaña a la plaza; y la segunda, para la que la compañía ha creado unas plataformas rectángulares dispuestas en forma romboidal para facilitar la visión de un público que tomaba asiento alrededor de la plaza.
Para ambas el público oía a los actores a través de cascos conectados a pequenas radios que uno mismo portaba. Sonido perfecto y que dotaba a la interpretación de una riqueza inusitada. Por un lado, nadie grita ni engola la voz, los actores podían encontrar la cercanía del susurro, de la respiración, de la tranquilidad conversada, de la intimidad del soliloquio. Por otro, situaba al espectador en una posición voyerista muy sugerente. Teatro radiofónico que incluso podría seguirse a través tan sólo de la radio.
Texto contemporáneo creado en sintonía con O Bando, investigación espacial y tecnológica que incide en el actor: buenos parámetros.
La primera parte es ante todo evocadora, “ateatral”, consigue dar con un tiempo, un espacio, un sonido y una disposición sorprendentes. Se reconstituye el juego teatral. Todos allí, escuchando con cascos a una mujer sola, fumando en la calle, a 20 metros mientras pasan coches que nada tienen que ver y no entienden, el mundo sigue su rumbo, nada para. La acción teatral se inserta en el devenir del pueblo, de la vida. Casi nada. Precioso. Y la siguen jugando, ella se va acercando, habla a 10 metros pero para sí misma, sigue sola en una calle, perdida ante una muerte que no puede soportar, la de su hija. Y se produce un encuentro, el novio de su hija aparece. Conversan, se empieza a oler la enfermedad del dolor, la peste que un dolor no curado es para un cuerpo, para las relaciones humanas.
Escena total en un Renault 4 de un verde setentón. Allí se meten los dos, se ilumina teatralmente el interior del coche, seguimos como buenos “voyeristas” su conversación. Solo falta que el paisaje real se mueva como en un estudio cinematográfico, aquello parece una escena de “Un hombre y una mujer”, de una película francesa de los 60. Impresionante. Allí, en ese coche, máquina que acabó con la vida de la hija-novia, él cuenta cómo fue el accidente, cómo salvó la vida, cómo vió la vida de su amada ya ida, ahí al lado, justo donde está la madre. Y nace el conflicto, el triángulo necrófilo, el fetichismo, el deseo como reacción ante la imposibilidad, la sublimación del deseo como respuesta ante no poder tener el objeto amado. Vemos a dos seres humanos arrojarse a un adulterio post mórtem porque no pueden resistir la pesadilla de sus vidas y sus sentimientos, vemos nacer la lascividad como arma contra el “pathos”.

Bergman, el naturalismo y el Ángel Exterminador
Comienza la segunda parte. Espacio teatral, dividido en rectángulos que son islas, ataudes donde se encierran y habitan los actores. Se instaura un juego teatral irónico con los mecanismos de la pieza burguesa teatral, del teatro de situación. Ahí surgen los personajes del padre, la sirvienta y el fantasma de la hija muerta. O Bando intenta dar la vuelta a ese teatro de tintes “ibsenianos”, llenos de salidas y entradas de actores, de mesas-camillas y de arquetipos. Declaración de principios es el comienzo, padre y madre sentados tomando el té, sirvienta que entra y la madre, antes loca y sola, le va diciendo la lista de la compra. Él lee el periódico.
O Bando intenta descontextualizar y descomponer ese teatro viejo, ya no creible, inutil. Las herramientas son las habituales. Trabajo en dos planos, el de situación y el de un subtexto que se recalca teatralmente. Actores que se quedan extasiados a mitad de frase, el fantasma que va incidiendo sin que los otros puedan verla, utilización sagrada del espacio, extrañamiento en la manera de actuar — histrionismo, descontextualización, etc… La companía opta por introducir un teatro simbólico, poético que también acompaña un texto que se permite diatribas de los personajes casí oníricas, monólogos interiores insertos en la acción que tienden a crear un coro de locos, un teatro ambiental que va arropando la acción.
El experimento se las trae pero quizá haya que decir que el puerto en el que atraca quizá no sea el que se pretendía. La obra se va convirtiendo en demasiadas cosas, en un alegato crítico con la vida burguesa sin demasiada fuerza, en un retrato psicológico de los personajes, en un estudio metateatral sobre el teatro burgués… Al final, quizá venza la estructura de ese teatro que se quiere revisitar y transustanciar. Quedan, eso sí, los planos de un espacio que permite las acciones paralelas, la multiplicidad de focos, el poder ver a dos actores interpretar gestualmente la lascivia mientras otro, en primer foco, se desgañita en un monólogo inerte. Al final, todo se resuelve a la usanza y demasiado rápido, padre descubre adulterio de su mujer y el novio de su hija. Llega el desenlace, padre lisia a novio. Llega el epílogo, todo vuelve a su orden, hipocresía burguesa que incluso se recalca con el embarazo de la sirvienta y un novio que vuelve a visitarlos pero que padece amnesia, metáfora de una juventud arrollada, y se ha quedado un poco tonto. Se le intenta dar a esto un tono irónico, casi esperpéntico, un tanto absurdo que no consigue salvar un texto enredado en su propio intento. Ahora bien, impresiona la solvencia de los actores tanto veteranos como más jóvenes, la capacidad escenográfica de la companía, las resoluciones teatrales de las que está lleno el montaje; en definitiva, el saber teatral que respira todo la función y el riesgo que conlleva el proyecto asumido. Queda la pregunta de a dónde se quería llegar con el texto, si quizá es un problema de la adecuación del texto al montaje…

Pablo Caruana